jueves, 3 de febrero de 2011

Migue

El primero en darse cuenta fue Migue. Migue era el encargado de los mandados, por eso pasaba a cada rato por la pieza del frente. Él veía, de ida y de vuelta, lo que había y lo que no. No eran pocas las veces que nos olvidábamos la puerta abierta; confiábamos en nosotros mismos.

Migue fue uno de los últimos en llegar a la casa. Por eso quizás le hayan tocado, en el reparto de tareas, las actividades fuera del hogar. Nadie, ninguno de nosotros, quería salir en esa época.

A Migue (un apócope sencillo de Miguel que encontramos para hacer las cosas más fáciles cuando eran más difíciles) siempre lo tomamos como a uno más. Pero era él quien debía buscar las llaves en la habitación, volver hasta la cocina y avisar que salía, recorrer el pasillo, no olvidarse del dinero y la lista de las compras.

Migue ocupaba la tercera habitación contando desde la cocina. Hacia acá estábamos Marisa y yo (en verdad, era a la inversa: la habitación del centro para mí, Marisa en la siguiente). Camino de la calle, seguían la de Rael y la de los regalos. Le era útil a Migue estar a mitad de camino de todas las cosas.

Hay que decir, a todo esto, que la casa resultaba generosamente grande para nosotros cuatro. Cada uno tenía un cuarto que daba a un largo pasillo (templado por el sol de la mañana, helado vestigio del afuera desde las tempranas horas del anochecer) que a su vez desembocaba en una cocina con estufa a leña, una alacena para vajilla y comestibles, y la mesa donde desayunábamos, almorzábamos y cenábamos. Las sobremesas solían darse en el patio, si era verano, o en la habitación de Rael, que era la más espaciosa y mejor climatizada, ubicada junto a la habitación de los regalos.

Fue ahí, en el cuarto de Rael, una noche -mientras tomábamos café y fumábamos habanos que unos amigos habían traído desde la isla-, embutidos como estábamos en una discusión sobre las distancias entre los términos autor y creador, y acaso algo ebrios por el whisky de la sobremesa, cuando Migue dijo:

-Me parece que faltan cosas en la pieza del frente.

Lo dijo como desde la nada, como quien rescata una ostra después de nadar miles y miles de mares de silencio. Estaba en su silla de siempre, con su clásica cara de cansado y el vaso casi vacío en la mano. Al principio lo tomamos como una chanza de borracho o de aburrido, no le dimos más importancia de la que parecía tener. Primero no lo entendimos; después le preguntamos.

-Lo que dije. Que me parece que faltan cosas en la pieza de los regalos.

Nos miró uno por uno, le parecía imposible que no pudiéramos entender lo que había dicho con la sencillez con que lo había dicho. Sólo que, de tan sencillo, a nosotros nos parecía imposible entender. Una sombra de temor nos veló las caras.

-A veces, cuando paso, pego una ojeada. Pispeo, a ver si todo está en orden -siguió Migue, mirando el piso-. Y por momentos me parece que las cosas no están donde estaban antes. Que faltan, o que alguien las corrió de lugar. -Y volvió a levantar la vista, a repasarnos uno por uno.

Los cuatro sabíamos que los objetos de la habitación del frente no podían moverse de ahí; alguna vez sostuvimos la posibilidad de trasladarlo todo al depósito que estaba junto al lavadero, entre el patio y la cocina, pero el sólo hecho de pensar que algo pudiera romperse, o perderse dentro mismo de la casa, nos había echado atrás en la intención.

Marisa, que era la única mujer del grupo y que en su sensibilidad femenina asentaba las herramientas adecuadas para enrolarnos detrás de sus palabras, dijo que, según su opinión, había que extremar las medidas de seguridad. Cerrar la puerta con llave; turnarnos para controlar. Si era necesario, ella podría dejar la primera habitación (le habíamos asignado ese cuarto porque era desde el cual más fácilmente se accedía al baño) y mudarse al frente.

Era viernes. Quedamos en resolverlo el lunes siguiente. Habíamos pensado salir al campo el fin de semana, por lo cual, transitoriamente, bastaría con que uno de nosotros se quedara de guardia en la casa sábado y domingo. Lo llevamos a sorteo; le tocó a Rael.

El fin de semana cabalgamos, fuimos de pesca al arroyo, en la zona detrás de la chacra abandonada, e hicimos noche a orillas de la desembocadura. Volvimos el domingo, al atardecer.

-Migue tiene razón -dijo Rael apenas llegamos. Nos ayudó a bajar las cosas de la camioneta y a entrarlas-. Faltan regalos.

Estábamos cansados. Afligidos por la confirmación, quedamos en que lo hablaríamos al día siguiente. Nos dimos una ducha, comimos unos sándwiches rápidos y nos fuimos a la cama.

Esa semana, la encargada de la limpieza era Marisa. Yo cocinaba; Rael pelaba las papas y Migue estaba cosechando en la huerta. Marisa guardó los trastos en el depósito y volvió a la cocina.

-Conté uno por uno -dijo-. Faltan la tostadora, un juego de copas y el portarretratos. Por ahora eso, nada más. Quizás falten otras cosas y no me di cuenta.

Yo hacía meses que no entraba al cuarto de los regalos. Ya casi había olvidado por completo la cantidad de objetos que se apiñaban ahí adentro y no me quedaba otra posibilidad que confiar en la memoria y el trabajo de mis compañeros.

Rael se dio vuelta, se secó las manos en el repasador. Fue hasta el otro extremo de la cocina. Espió hacia la puerta que daba al patio y dijo:

-Migue fue el primero en darse cuenta de esto, ¿no?

Lo dijo como si esas palabras hubiesen estado guardadas en él desde tiempos inmemoriales; como con el eco mismo del tiempo, las dijo.

-¿Desconfiás de él? -replicó Marisa.

Siempre de cara al patio, Rael dijo que o sufríamos un boicot interno (uno de nosotros, desde adentro, estaba traicionando al grupo) o, como Marisa misma había sugerido, alguien, aprovechándose de nuestros descuidos, entraba para llevarse las cosas. De a una, de a pocas, para que nosotros no lo notásemos.

Por un instante sentí que volvíamos atrás, a cuando las cosas eran mucho más difíciles, cuando resolver cada pequeña situación nos costaba el doble o el triple de esfuerzo.

-Lo hablamos en la sobremesa -fue lo único que dije, y seguimos cocinando.

En la sobremesa decidimos que pondríamos una cerradura nueva en la habitación de los regalos; que habría sólo dos copias de la llave (una para quien estuviera de turno en la guardia, la otra se archivaría en el depósito con el resto de los originales).

Esa tarde, mientras Migue hacía los mandados y nosotros mateábamos en la cocina, Rael ahondó en lo suyo y aventuró que, para él, Migue sabía más de lo que decía.

-Vos dormís al lado de los regalos todas las noches. Y nadie te acusa de nada... -replicó Marisa sin mirarlo, untando una tostada. Disimulando apenas su enojo, parecía hablarle a la manteca y no a Rael.

Para sosegar los ánimos dije que no debíamos dejarnos ganar por la desesperación. Era cierto que tendríamos que resolverlo antes de que vinieran a buscarnos, pero para eso había tiempo. Se podía armar todo un plan estratégico de seguridad interna y externa, e, inclusive, hacer un relevamiento de lo que había e iniciar un programa de recuperación de las cosas que faltaban. En todo caso, si no pudiésemos rescatar lo perdido, al menos podríamos prevenir que nada más desapareciera.

El viernes ya las aguas se habían aquietado.

Con Marisa ya no tan a la defensiva, Rael con sus humores templados y Migue siempre comprometido en sus cosas y sin saber que en algún momento alguien había desconfiado de él, decidimos comenzar el fin de semana con un asado en el patio. Yo preparé el fuego, salé la carne y me dediqué a las ensaladas; Migue puso la mesa y Marisa propuso postres de ricota y chocolate. Rael estaba en su habitación, leyendo. Había cortado leña durante tres horas y eso significaba un merecido descanso.

Comimos bien y mucho. Cerca de la medianoche refrescó y pasamos a la habitación de Rael. Quemamos unos puros y trasegamos unas copas de whisky. Rael estaba encantado con un libro de poetas árabes de los cinco primeros siglos de la era cristiana, por lo cual expresó su entusiasmo leyendo varios pasajes realmente iluminadores.

Sería cerca de las dos de la madrugada cuando tocaron el timbre. Se hizo un silencio macizo, tenaz; nos miramos. Hacía rato que no recibíamos visitas, menos aún a esas horas. Sin decirlo, ninguno supo qué hacer.

-Yo voy -dijo Migue.

Él tenía las llaves: al otro día comenzaba su turno en la guardia.

miércoles, 16 de junio de 2010

"Caso abierto". Por Sergio Pujol

Los enigmas se resuelven, los misterios no. Los enigmas han alimentado las ficciones policiales desde aquel cuento de Poe, y siguen siendo el desafío de todo investigador público o privado. En cambio, los misterios son verdades de acceso denegado. Religiosos o paganos, los misterios valen por lo que no dicen, por aquello que demoran ad infinitum, en una economía de sentido tan estricta como indefinida. Para decirlo en los términos judiciales: los misterios son casos abiertos, pero con un aura especial.

Algunos enigmas de nuestra historia reciente parecen rozar el dominio del misterio; están encubiertos, un poco más allá de las vías fácticas de acceso o sencillamente enterrados por la desidia o por una sensación de miedo heredada del pasado. Eso nos dice, casi a modo de conclusión de esta estupenda investigación, la única persona que podría aclarar, al menos en parte, el caso de Arroyo Dulce. A ella se acerca Hernán, nuestro Capote bonaerense, para terminar escuchando: “No puedo hablar. Sé que todavía me pueden venir a buscar. Los bichos andan sueltos…”

Llevando la figura del autor ausente hasta un grado casi neutral, Hernán nos brinda en este, su primer libro, la crónica razonada de lo que conmovió la tranquilidad de Arroyo Dulce en julio y diciembre de 1971. ¿Qué tenemos aquí? Dos robos, dos escenas de una obra inconclusa. Varias pistas sueltas y una sospecha política. Un elenco de jóvenes en busca de la Historia y unos pocos testigos. También dos novelas –una de Dal Masetto, la otra de Piglia– que parecen haberse inspirado en Arroyo Dulce, aunque cualquier constatación cronológica lo desmentiría. Finalmente, tenemos un libro que narra los hechos y sus personificaciones con virtuosa precisión, para volver a ese punto de la provincia de Buenos Aires rico en materias primas, escaso en población y pródigo en un enigma de $ 10. 500.000, ó un poco menos.

"Palabras previas". Por Antonio Dal Masetto

Un hecho banal y repetido como un robo a un banco -aún sangriento, o de mucha violencia- suele no ser, en general, noticia. No lo suficiente, al menos, para un libro entero. Menos aún en un pequeño pueblo ubicado en medio de la pampa húmeda, un ámbito despojado y a veces abúlico como es la llanura bonaerense.

Claro que, en literatura, como sabemos, todo depende de cómo se lo cuente.

Lo que refleja el trabajo de investigación detrás de “El caso Arroyo Dulce” es, entonces, una forma de contar algo tan sencillo como un robo a un banco, de modo que sea el espejo de la gran confusión propia de nuestro país.

Hechos al borde de lo inverosímil. Personajes presuntamente sin importancia, anónimos y sin destino, que se vuelven representativos para que la historia cobre vida a través de ellos. Hombres de los cuales se ignora de dónde vienen o hacia dónde van; momentos donde todo se revuelve y enreda: la izquierda y la derecha, Montoneros y la Triple A, el peronismo y la delincuencia.

Quién hizo qué cosa; qué cosa está de qué lado. El doble juego, el desconcierto, la falacia; el cambio de bando: hoy acá, mañana allá; la complejidad siempre agazapada detrás de la simpleza.

Nadie sabe dónde está parado; nadie sabe adónde pertenece. La violencia está a la vuelta de la esquina. La pregunta de quién es ese tipo que está ahí, a veinte metros de nosotros, con el que convivimos indirectamente.

En palabras de Julio Cortázar, la patria parece ser un lugar “donde todo se confunde y nada es menos cierto que su contrario”.

Este libro es eso: la enorme confusión que fue y es este país. Convierte algo anónimo, banal y anodino, en acontecimiento. Y muestra cómo un hecho tan común y repetido como un robo a un banco, que no suele ser, en general, noticia, sin embargo, escarbando un poquito, lo es.

lunes, 23 de noviembre de 2009

Wilbur

La historia podría comenzar con Wilbur corriendo por una calle de Tzvatzlava con una bolsa de heroína en los bolsillos. Hace frío. El cielo está encapotado. Mejor dicho: hace frío y el sol no se ve, entre los ojos agitados de Wilbur que bailotean al ritmo de su marcha por la calle empedrada y el sol que está lejos y claro, allá arriba en el cielo celeste, hay un cúmulo de nubes grises que no dejan que uno se vea con el otro. Están en dos mundos diferentes. El aire es fresco. Pero no fresco de temperatura, sino de pureza: es un aire casi virginal, poco más o menos nuevo.

Adentro, los pulmones de Wilbur se cierran y abren como una caja fuerte llena de bolitas de vidrio. Las miles y miles de millones de células que componen su cuerpo se desmadran y vuelven a amarrarse a cada tranco, en cada posición, estrecha o dilatada, en que se encuentren las extremidades o el torso. No, la cabeza. La cabeza no. La torre calva, orejuda, plomiza, tersa y blanca que nace de sus hombros está viviendo hace siglos en un calambre: es un tierra transmitiendo en sintonía desactualizada.

Wilbur ve el desierto y, más allá, el cuadro de marcos marrones y fondo celeste pendiendo del cielo. Hay una clave en el ojo que late. Una clave que también viene del pasado inflamable. Los colores se corren; hay una interferencia. El desierto regresa.

Y ahora, y de repente, como si hubieran caído simultáneamente todas las persianas, Wilbur deja de ver. Ya no distingue ni la perspectiva de las casas bajas que se angostan ni la cadena montañosa allá en el fondo, acercándose; la calada del valle, su tersura amarronada. No ve los cuadros de cemento bajo sus pies ni el rostro en la ventana; no ve las imágenes moviéndose delante de sus ojos, a menos de un milímetro, escritas en jeroglíficos.

Wilbur no ve nada. Corre. Hay ruidos alrededor. Podrían ser luces con sonido o un buque que brama al partir del puerto o el chicotazo de un elástico que se corta al estirarse. Puede ser cualquier cosa para Wilbur.

En esa especie de tiempo suspendido, ese microsegundo en que Wilbur levanta una pierna para dar un paso, uno más de su carrera que por ahora no tiene ni destino ni fin claros, y mientras la otra pierna espera para pegar la estampida contra el piso chato, que sonará a lo que sonaría una manada de búfalos ardiendo bajo el sol de la sabana, en esa grieta espacio temporal que se estira en forma de curva cerrada, Wilbur siente que se desgrana como una mazorca seca, ennegrece aún más la noche; que de pronto se congela, se somete y cae de boca.



La historia seguiría a la misma hora y bajo un puente, en otro lugar. Ni cerca ni lejos. Solamente otro lugar. Probablemente sea un chico el que está con una caña en la mano. Pongamos un chico de unos catorce años. Está recostado contra la barranca, que baja en lenta pendiente hasta el agua mansa del arroyo. La boya es naranja, la tanza muy fina, casi invisible; la caña, de junco engrasado.

Hace minutos que no se mueve. Ni la boya ni el chico. La una, acariciada apenas por el lánguido vaivén del oleaje; el otro, sumergido de lleno en su descanso.

El pasto verde que ondula en su boca es lo único que demuestra vida en ese metro y medio de carne, cartílago y hueso. Sopla una brisa apenas perceptible. Cantan tres pájaros, puede escucharlo el chico; cantan cuatro, siete, ocho, después; ya no puede escucharlos a todos. Entran voces, salen otras. Son variables de un coro polifónico de aves.

El chico levanta el sombrero y aparecen, entonces, un par de cejas recortadas bajo la sombra de la frente, los ojos verde gema, la nariz semirrecta, los labios carnosos que humedecen la lengua. Contempla la boya mecerse. Después, la panorámica se abre, siempre quieta: el puente de concreto con sus vigas de metal, las líneas del cemento marcando el macizo. La panorámica se abre: más allá del oasis que son el arroyo y los árboles donde narran los pájaros, se abre el valle. Una concavidad abrupta de matices pardos que asemeja las piernas abiertas de una mujer inmaculada.

El chico se detiene en la concavidad abierta. El chico piensa en Ludmila, una y otra vez piensa en Ludmila y, como no le alcanza, piensa en Yael. En Ludmila, primero, envuelta en un vestido suelto a cuadros, con tiradores, con la cintura abierta al aire libre, Ludmila con eso y con sus trenzas de monja descarriada. Ludmila, otra vez, con sus pies de ébano y sus manos de marfil, piensa el chico.

La ve en las calles del pueblo, trepando los muros de los patios a la hora de las iguanas; siendo la sombra de un tragaluz, la progresión borrosa en la mirilla. La ve corriendo calle abajo, también, revolución inconmensurable de las motas de polvo a sus pies; la ve entre zarzas, viboreando furiosa entre las parras de las vides.

Y como no le alcanza, el chico piensa en Yael. Su Caperucita preferida; las piernas descubiertas debajo de la pollera gris pinzada, barriendo con la vista el oasis de los árboles y el arroyo.

Y entonces, el chico perfora los límites de la tela para dejar que todo quede en sus manos, que por primera vez en toda la tarde sus manos abandonen el mango de la caña, y lentamente, como quién se cae sin querer en el sueño, sus manos se dediquen a reconfigurar las imágenes de Ludmila, y las de Jael, y a transformarlas en materia líquida de su propia imaginación.



De buscarle una extensión a la historia, podríamos hablar de Caperucita. En el supuesto caso de que haya que empezar hablando, y en ese caso, que haya que empezar hablando de algo, elijamos a Caperucita.

Caperucita que camina con un séquito de músicos a las espaldas: once harpas, tres violas, un laúd. En su andar hay una entrega que tiene que ver con el ritmo coral de los instrumentos, con la síncopa rítmica y las variaciones. Como amparada por un velo de nube o de niebla, va camino de las sombras observando el agua - los licores, son licores - del cauce del arroyo antes de entregarse a él.

Emerge y flota a centímetros del piso.

Sale Caperucita de la pintura. Entra Wilbur.

Como un signo de la convulsión, como si algo percutiera en su lóbulo frontal, Wilbur se da cuenta de que corre pero no avanza. No ve pero identifica: olores furiosos, aromas lilas. La chica es una proyección, se pierde en el desvarío, en la furia de cuarenta y seis mares que lo azotan y desdoblan. Puede ver el sendero a un lado, en uno de los márgenes (todas las cosas son márgenes) del puente. Puede verlo como a la Manzana Dorada del Paraíso sin Eva ni Víbora. Todo para él. Nada, pero todo para él.

Caperucita ha quedado atrás, a un costado.

Caperucita ve ahora al hombre de tres ojos y cabeza rapada correr y caer por la pendiente. Detrás de él van once carniceros vestidos de azul con alas negras de metal en las manos.

Caperucita oirá los ruidos y el eco de los ruidos, seco, estirado, decisivo.

Y no sabrá nada de quien, allá abajo, piensa en ella y se irá niño; no sabe que venía a verlo. A quedarse con el recuerdo de un líquido al lado de otro líquido. A redimirlo, a saturarlo de luz hasta que se quede ciego.

El Pulqui

La historia solía contarla mi abuela, en las tardes de verano a orillas de la sombra de su árbol preferido. A ella le había llegado a través de una alemana que conoció en Tucumán, en las épocas en que mi abuelo era peón golondrina. Mi abuela había pasado los 80 ya, y el alzheimer la venía azotando hacía años. A veces divagaba, y uno no sabía si las historias que contaba habían sucedido o eran producto de su variable y a la vez constante invención.

Sucedió en el Chaco, en lo que algunos llaman “el impenetrable”, en campos que habían sido de La Forestal y guardaban los secretos y tristezas que deja la sangre del hombre explotado por el hombre.

El rancho estaba en medio del monte. Era de dos ambientes - comedor y habitación - con piso de tierra y paredes de barro. El hogar a leña estaba junto al marco del umbral que comunicaba las dos piezas, lo suficientemente lejos para no derretirlo y lo apropiadamente cerca de la puerta al patio para poder airear el rancho. En el comedor, además de la cocina a leña, estaban el aparador, la foto y el trigo de San Cayetano, la Cruz de madera, los rebenques, la escopeta colgada. Para llegar hasta el baño había que salir a la galería cubierta, que daba al norte, y rodear la pared que miraba al este. Al otro lado, mirando hacia el poniente, estaba la ventana de la habitación.

Ahí vivían Ana y Oscar. Se habían casado hacía poco menos de tres años, después de un arduo y complejo tiempo de noviazgo. Las estancias en las que ambos vivieron antes de casarse, trabajando como peones (él capataz, ella hija ilegítima y no reconocida de un hacendado) estaban a más de treinta leguas de distancia, lo que hacía que los encuentros se volvieran espaciados e incompletos. Habían conseguido el rancho por el favor de un tío de Ana. Lo acondicionaron dentro de las posibilidades y se mudaron la misma noche del casamiento, horas después de la fiesta en el Club Social y Deportivo La Rivera.

Los problemas comenzaron a los pocos meses, nomás, cuando descubrieron que no podían concebir hijos. Las creencias en gualichos, magias negras y luces malas habían quedado atrás, en las generaciones pasadas, pero ambos creyeron igual que algo de oculto había en aquella imposibilidad. El hospital más cercano estaba en Villa Arroyo, a más de ocho leguas al norte por el camino real, y no era de fácil llegada para ellos que estaban escasos de plata y tiempo y transporte.

Así pasaron los primeros meses, sin conocer tampoco si era ella o él quien estaba incapacitado para la procreación, y por esas cosas del hombre no tardaron en conseguirse un perro, al que sin preámbulos llamaron Pulqui. Era una cruza de ovejero belga con una raza indefinible que usaban los lugareños para defender la hacienda y cazar chanchos jabalíes en el monte. Se los regaló Don Julio Iñíguez, que vivía ahí nomás, a la salida del pueblo.

El Pulqui se fue adueñando de cada uno de los rincones del rancho y adoptando las costumbres de sus dueños. En invierno dormía al pié del hogar a leña; por la mañana, salía con Oscar a arrear el ganado y después lo acompañaba hasta el arroyo, donde se daba sus buenos baños de la tarde, volviendo incluso con alguna presa entre los dientes. No había visita (amigo, pariente o desconocido) que no fuera recibido por el Pulqui en el cruce del camino.

Un día de marzo Ana sintió algo raro en el cuerpo. Le salió un sarpullido en la cara, estaba como más cansada. Tenía el período atrasado una semana y días atrás había tenido náuseas y algunos esporádicos retorcijones.

El primero en darse cuenta fue el perro. Mejor dicho, ellos se dieron cuenta gracias al Pulqui. De un día para el otro empezó a dormir a los pies de la cama. Esas noches en que Ana anduvo descompuesta, se iba hasta el patio y aullaba desde la galería, con el cuello estirado, como contándoselo a la luna, y no había lugar al que ella fuera que el Pulqui no la siguiera. Con todas esas señales, no había dudas: Ana estaba embarazada.

“Es ese sexto sentido, como una intuición, que tienen. Cosas de ellos que solamente ellos saben”, dijo Oscar en voz alta una noche. Y ahí mismo abrieron una botella de patero para festejar, y se bebieron juntos un buen par de tragos, y se fueron a la cama para seguir festejando.

Así como llegan las alimañas del monte, sigiloso, en silencio, llegó Ramirito al mundo. Casi sin trabajo de parto lo tuvo Ana. Nació el 19 de octubre, un día en que caía una lluvia endiablada, como traída de los pelos por el propio maligno. Se asustaron un poco al principio cuando no lloraba, pero Doña Mirta, la partera, hizo lo suyo y el chico dio su primer llanto. Y ahí nomás volvieron los festejos.

La vuelta hacia el rancho con Ramirito en brazos fue como la procesión hacia un milagro. Al salir, habían dejado al Pulqui atado a un árbol, que los miró irse con una tristeza como si en los ojos se estuvieran cavando fosas, y al verlos volver movió la cola, esperó después, sentado, a que lo desataran, y fue derecho al bebé, a olfatearlo una y otra vez hasta echarse al lado de la cuna. No hubo forma de que pasara una noche más, de ahí hasta el fin de las cosas, sin que el perro durmiera en la pieza.

Una tardecita volvían Ana y Oscar de la quinta (traían chauchas, un morrón, cebolla de verdeo) cuando lo vieron salir al Pulqui de la pieza con las mandíbulas llenas de sangre. Un pavor sin palabras les asaltó el cuerpo. Se frenaron en seco, se miraron; dudaron y - sin querer - asintieron con los ojos, siempre quietos. En un arranque inesperado, Oscar fue hasta el aparador, agarró la escopeta y sin mediar palabra le metió dos tiros al Pulqui, ahí mismo, en el umbral de la puerta. Se quedaron viendo el cuerpo inmóvil, en el que se mezclaban dos sangres diferentes. Ahora el milagro era duelo. Ninguno de los dos se animaba a entrar a la habitación. De repente, oyeron gemir a Ramirito. De un arrebato, Oscar le agarró la mano a Ana y entraron juntos, de un tranco.

A los pies de la cuna, muerta, desangrándose, había una boa de casi cuatro metros.