Ahí va el hombre con sus tres cabezas. Arrea en cada una un peinado que separa sus cabellos en mitades; debajo de sus inexpresivos ojos marrones aparecen dos lagunas grises, que se difuminan en mejillas que antes fueron rosas y voluminosas, y ahora, entre los gajos de la piel ajada, caben cien pequeños hombres. La boca está siempre húmeda, intentando contrarrestar el efecto deshidratante de los vientos; la barba lleva meses ahí.
Es un hombre en medio del paisaje, de un lugar cualquiera de la llanura que no es igual a otro; un hombre en sí. Tiene tres cabezas y es memoria y condición efímera y proyección. Los hechos se le convierten en simples fichas de un juego vacuo, inanimadamente estable. El sol le da en la cara por completo. El terraplén de tierra todavía húmeda le sirve de apoyo. Ve el arroyo correr en su quietud, colmado de las aguas que bajan de la llanura alta ya que las tormentas de las últimas semanas han sido copiosas y constantes.
Al ver la lluvia en el campo, al hombre le es imposible despegarse de la imagen de la cortina: es un decorado de largos clavos grises u oscuramente blancuzcos, que nacen en el cielo y se detienen en el único lugar posible para él, que es la tierra que pisa el hombre. Y no es la lluvia quien lo trae y retrae una y otra vez: es ese lugar azul que lo rodea; azul y amarronado. Pero la lluvia en el campo no sólo es júbilo, es también un júbilo incierto. No le permite al hombre desplazarse con comodidad, conseguir la presa, expresarse en la caza. Salir, esparcirse. Su barraca se inunda cuando lleve tanto. Tiene que levantar los trastos y acomodarlos sobre una especie de balsa que ha construido con cañas y ramas y algunas gramillas que hacen las veces de alambre. Ese alambre que no tiene porque un viajero se lo ha prometido alguna vez y nunca más se ha llegado por las tierras de nadie. Tiene que atar todos los trastos para que las manos del arroyo no se los lleve en su cortejo al crecer. Porque la barraca es un conjunto de tres paredes que miran hacia el arroyo, y cuando él llegó ya estaban el arroyo y las tres paredes; y tan sólo tuvo que construir el techo de cañas, y respetar la ardiente geografía que llega en declive.
Y no es difícil imaginar la incomodidad y la angustia de dormir en el suelo húmedo, lleno de moho. El cuerpo comienza a expulsar una serie de raros aromas. Se entremezcla con los alientos de la naturaleza y todo se confunde y se empaña. Tristemente, se empaña. Pero luego los días pasan y pasada la inundación, todos los objetos vuelven a su lugar reglado. Aparece el sosiego de la sombra. El río es nuevamente ese gran hilo de agua parda en medio de la llanura verde, sus troncos de ombú y de higuerilla allá arriba, abriendo las plumas de sus raíces en la barranca.
Y como el hombre baqueano que es y que conoce el lugar, ha descubierto cómo cruzar a nado entre las pendientes. Pero su logro más importante ha sido la balsa, que le sirve para navegar, principalmente pasado el otoño y durante todo el invierno hasta las crecidas de noviembre; y todo el verano hasta llegado abril; incluso antes, algunas temporadas.
Carga la balsa sobre sus hombros y recorre entre cunetas y ortigas la distancia que lo separa de su cueva con el Río Grande. Hay que atravesar una serie de bajadas y repechos, luego la cañada, la angostura y, al final, la pampa líquida. El Río Grande. Así es como nombra él el río que lo rodea. Sabe que otros le han dado otras denominaciones, sacadas de anécdotas o de leyendas, de nombres raros o indios o en inglés, y entonces aparecen el agua mansa a la izquierda de la desembocadura, el haz de correntada, la pequeña isla y la consiguiente cascada. El vacío de pensamiento que le provoca como música de fondo el murmullo de esa rompiente lo traslada; colma su espíritu, su mansedumbre. Allí deposita la balsa sobre el agua arremolinada, prepara su morral, y, también con lentitud, se lanza animoso a las aguas. Navegar es uno más de sus ritos. Y es menos una herramienta de la alimentación que una ceremonia o un pasatiempo, que lo atrae a la calma y la claridad del sol reflejándose en las aguas.
La pesca lo atrae, también, claro. Pero la pesca puede ejercerse desde la costa (suelen aparecer dorados, siempre y cuando haya habido una buena crecida ni bien entrado noviembre) y lo que el río da en su centro no da en su margen. El mundo - el mundo que es para él esa pequeña patria - da más al centro que lo que da a los márgenes. Y después del día, con la comida o sin ella (mejor con ella: como todo, como los cardos, el hambre también agobia) vuelve al reparo. Entre las tres paredes de la gruta ha hecho un agujero para poner el farol y las velas. Así que hace luz, se instala, matea; disfruta del humo de la hoguera y los pájaros que entran al atardecer con su plañir somnoliento. Antes, cerca nomás, había fortines con mangrullo. Sin embargo después, al irse la frontera un poco más allá, mucho más hacia los confines de la nada, las construcciones fueron cayendo en el abandono o se la llevaron el indio o las aguas, o los soldados mismos para sus propias casas de tierra adentro.
Cada tanto algún regimiento pasa, o un contingente de particulares, que dejan yerba o algunas ropas, tipos de levita con acento raro que hacen excursiones o compran tierras o andan de pasada, vaya a saberse hacia dónde. El desierto es una larga lombriz solitaria. El último hombre que pasó por ahí se quedó unos días. Anduvo recorriendo suelos, la costa del río, las dos márgenes del arroyo; oliendo, tomando medidas. Dijo que iban a construir un molino. Se fue y ya no volvió. Por ahí también pasaron Yanquetruz y Carreras, llevándose con ellos parte del fuerte y de la vida. María Candelaria, casa con Manuel Antonio, dos hijos nacidos en cautiverio. Mercedes, qué joven era que casi no sabe hablar la lengua de los blancos. Sus padres asesinados en la puerta misma del fuerte. Ignacia, la madre de Tripailao, que abandonó la batalla por honor a la sangre. Todos ellos están allá, entre los toldos de cuero y las hogueras de estiércol, entre la hediondez y la magia, vivos o muertos, quién sabe. Allá, donde de fiebre murió Tadeo Isidoro.
Y a ellos también los persiguen, los persiguen los hombres de casaca azul y bandolera. Que hasta tienen un cinturón para sostener la espada; que usan solapas y botamangas del mismo color.
Cuentan que a algunos indios que agarran como cautivos en las batallas se los llevan a los campamentos, y los atienden como si fueran reyes, y como si después de beber y fumar y comer como marranos les fueran a dar el tratado de paz y todo. Pero nada. No. Eso no. En la comida, en realidad, les han puesto carne envenenada. Y ellos, los indios, después de beber y de fumar y de comer, y de creer en lo que piensan y de pensar en lo que hacen, comienzan a retorcerse. Y aúllan, aúllan como lobos heridos en la grieta de noche; gimen, la boca llena de espuma, las tripas ardiendo en el vértigo. La muerte se pasea delante de sus ojos hasta cansarse de ser testigo y al final se los lleva.
Como a Don Manuel, que se lo han llevado de ahí cerca, de la estancia de su hermano, a la hora en que el día amasa la madrugada, para luego mudarlo lejos y darle muerte.
Dicen que por eso de noche se oyen voces. Por las almas de los indios y los blancos en pena que sus múltiples dioses aun no han arrebatado. Y el hombre solo no distingue si es la lengua de la noche, o palabras que le vienen, que no se demoran, que la luz mala de la tapera (la tapera de la casa que era de los Pacheco) deja pasar. Y ese agua es como la palabra. No es una imagen nueva. Es una idea que ha pensado varias temporadas mientras ve llover, o mientras pesca o matea. Con ella las aguas; las tres cabezas: el modo que tiene de aparecer la espuma desde el poniente; de girar y girar una y otra vez en el remanso del desembocadura; y de lanzarse luego, vertiginosa hacia adelante, tomando la ruta inexorable del arrecife. Esas son sus tres cabezas.
Y el sedimento que alojan las aguas al pasar, la zupia que se abandona como aquello que no puede dejar de suceder; y el hombre solo, que es ese sedimento, es lo que queda. Y lo que ha perdido no sólo en el tiempo o el espacio: su nombre, el tiempo, se han perdido en él; lo han abandonado para poder hacerlo, para darle una forma, para moldearlo, mientras el hombre solo peina su pelo en dos mitades, y una línea delgada, nívea, se abre en medio de la mata negra, parte en dos la cabellera, abandonando a expensas del sol todo aquello que alguna vez pasó en carreta o a caballo por ahí, en el remanso de las horas, al este como toda encarnación.
Quinto Margaritas del año
Hace 3 semanas