martes, 9 de diciembre de 2014

Nunca entendí cómo mis padres llegaron a ser pareja

(Texto publicado en la sección Mundos Íntimos de Clarín el 29 de noviembre de 2014)

Una frase típica de mi niñez le pertenece a mamá: “Decile a tu papá que quiero hablar con él”. Eso iniciaba todo un camino: yo se lo decía a papá, papá ni siquiera me preguntaba qué era. O me preguntaba qué era y yo confesaba desconocerlo. Papá iba a casa, se juntaban a charlar en la puerta. Eran pocas las ocasiones en que me tocaba compartir la charla. La mayor parte de las veces me pedían que me quedara adentro, y desde ahí trataba de escuchar a través de la puerta o la ventana que daba de la escalera a la calle, pero no me llegaban más que susurros, murmullos inaudibles.

¿Qué mundo se construía allá afuera en Salto, provincia de Buenos Aires, donde aún vivo, mientras yo lo ignoraba? El mío, mi futuro, sospecho ahora que el futuro ha llegado. Un futuro disociado que había empezado cuando tenía nueve meses y mis padres se separaron. Di vida a algunas estrategias para defenderme: la idea de que hablaran de mí sin que yo lo supiera y el desconocimiento del tema construían inquietudes y un misterio que me llevaban a que, aquello que desconocía, lo inventara. ¿Estará ahí la génesis de un escritor?

Podían quererme y mucho –de hecho lo hacían y lo siguen haciendo– cada uno a su modo, desde lugares diferentes, pero estaba claro que nunca desde un ambiente compartido. Era como si uno de ellos amase mis aurículas y el otro mis ventrículos.

Mamá, por su infancia de privaciones, quiso y pudo –a costa de mucho esfuerzo– ser de clase media, siempre más atenta al “qué dirán” que a las proyecciones del propio deseo. A papá eso nunca le importó: su visión de la vida siempre fue romántica, bohemia, nostálgica, con desprecio por lo material y cruzada por la ausencia de compromisos.

Mis padres se habían conocido en el restaurante en que mamá era cocinera y papá un habitué. Camionero, solitario, soltero empedernido a los 40, eso lo convertía en el cliente ideal para cualquier bodegón. Si hubo un dónde, nunca supe cómo ni cuándo se vieron y hablaron por primera vez, aunque sí pude descifrar gracias a El hombre mediocre, de José Ingenieros (costumbre de mi padre de poner en los libros el lugar y la fecha donde los compraba), que es probable que yo haya sido concebido en Mar del Plata. En la página 7, antes de la Advertencia de Ingenieros, en letra manuscrita de mi padre, se lee: Inés y Hernán. Mar del Plata. 14.1.73. Nací en octubre. Los números cierran. ¿Por qué a papá se le ocurrió comprar ese libro? Nunca lo supe, ni se lo pregunté. Sí que lo leí y subrayé hasta agotarme.

Ahora, ¿qué buscaba cada uno al iniciar una relación? Me queda intuir, nada más: mamá, una redención de su fracaso anterior –su primer marido, con quien tuvo a mis dos hermanas–. Papá, un destino de amor que quizás jamás había soñado.

Papá era camionero, por lo cual la ausencia que sus viajes de trabajo le imponían se convertían en un doble abandono. Es imborrable la imagen de él yendo a buscarme al departamentito de dos ambientes al que me había mudado con mamá después de la separación diciendo “adiviná en qué vine” mientras me sostenía en sus brazos y yo veía el camión surgiendo más allá del tapial. El camión era una tierra prometida móvil, una máquina indescifrable hecha de hierros y tornillos a la que yo quería subirme no sólo para vivir la aventura de recorrer campos, chacras y rutas infinitas, sino también el vehículo que acarreaba algo tan intangible como la “completud” emocional y tan sencillo como tener cerca lo que a diario me faltaba.

Una anécdota lo pinta a papá de cuerpo entero. Yo estaba en los veintilargos y venía de perderlo todo con la crisis de 2001. Una noche de verano, mientras mirábamos juntos el cielo, me dijo: “Cuando estoy solo, salgo al patio, miro las estrellas y pienso: ¿Qué estará haciendo Hernán en este momento?”. No aguanté, se lo dije: “a un hijo no se lo cría mirando las estrellas”. No debí hacerlo, debí haber contenido mi impulso, no pude.

Mamá nunca quiso ni tuvo tiempo de contemplarlas. Porque laburó, porque de noche prefirió mirar la tele antes que las estrellas, porque para ella la nostalgia es dolor y la bohemia, pobreza. Parece contradictorio, pero no fue papá –el hombre– sino mamá –la mujer– quien me llevó a jugar en las categorías infantiles del Club Sports, donde rompimos el record de tantas derrotas acumuladas que, ante un empate, nos hicieron un asado para festejarlo. Mi amigo el Flaco es testigo de aquella racha negativa.

Yo regresaba de la cancha con dolor de cabeza, incómodo, agotado como si hubiese corrido una maratón, cuando en realidad ni siquiera había jugado. Lo mío era la mediocridad, el banco de suplentes. Compraba gratuitamente una actividad que no me interesaba desarrollar.

No sé si papá recuerda que jugué al futbol de chico, como tampoco sé si mamá recuerda que con papá comíamos asados los domingos al mediodía mientras escuchábamos las carreras de turismo carretera. Es el día de hoy que no tolero el automovilismo: creo que los relatores gritan más de lo que dicen.

En la semana los días transcurrían monótonos, repetitivos: escuela, casa de mamá, amigos. Hacer los mandados, mirar la tele. Los fines de semana, esa comodidad perturbadora se transformaba. Cuando no estaba de viaje, la vida con papá se llenaba con excursiones al pueblito rural donde vivía mi abuela, sembrar almácigos de verduras y hortalizas, dormir juntos en una cama de dos plazas.

En la dicotomía flotaba parte de mi niñez: ni papá preguntaba por las actividades a las que mamá me invitaba ni viceversa. O tal vez sí, de manera esporádica, aunque no es algo que haya quedado en mi memoria. Y ya se sabe: lo que la memoria no guarda pasa al costal de la inexistencia. Para mamá, volver a casa con la pesca del domingo que habíamos logrado con papá era una molestia que implicaba escamas en la pileta del lavadero, ropa sucia, vahos hediondos en la heladera, un alimento que nunca consumiríamos.

Recuerdo una escena de mis doce o trece años. Mamá –en una jugada poco usual para la época– me sacó turno con una psicóloga. Esa fue la forma que encontró para ayudarme. Es que después de estar uno o dos días con papá, yo volvía perdido, disconforme, hostil. Como escribió Gonzalo Garcés hace poco en este mismo lugar, al volver a casa “el dolor era desquiciante”. Mamá podía verlo. En la intimidad, por la noche, al irme a la cama, yo cerraba los ojos y me sentía caer por un agujero negro, infinito, rodeado también por un vacío total y absoluto. Un túnel por el que resbalaba, aunque sin tocar cosa alguna, en caída libre. Un descenso inmóvil, un efecto indefinible que se apoderaba de mi cuerpo. Era una pesadilla de chico despierto que se repetía.

No sé qué habrá pensado papá. Si lo supo, si mamá lo consultó al respecto o no en alguna de esas charlas en la puerta de casa. Conociéndolo como lo conozco, no creo que él haya visto la terapia como una solución. El consultorio era en un primer piso, con un vitraux de colores que daba a la calle. Las sesiones se sucedieron mientras los puños de mi campera se iban cubriendo de una capa verdosa y opaca. En fin, lloraba a moco tendido y la manga era el mejor pañuelo.

No recuerdo ni una palabra de lo que dije en aquellas sesiones. Sí que, al salir, me sentía liviano, animado, como si un lastre macizo y antiguo se me hubiera caído de los bolsillos sin que me diera cuenta. Si alguna vez la palabra esperanza tuvo un sentido en mi vida, fue ese. En terapia de adulto descubrí que detrás de los enojos y la angustia que habían caminado junto a mí durante tanto tiempo como una herencia, había un pedido, una demanda: ser visto, observado, atendido. De ahí a la victimización había sólo un paso. Hay una frase que lo resume todo: el que se enoja es un hombre, el que llora es un niño.

¿Qué pasó ahora que todos crecimos? Mamá, que fue una peleadora nata toda su vida, un burro de carga que supo criar sola y con entereza a sus tres hijos, se volcó a la quietud, el letargo: apenas si sale a caminar, fuma, mira la tele, duerme en cualquier horario. Papá vive en el abandono de la que alguna vez fue su casa materna, lidiando con el Síndrome de Diógenes (la acumulación compulsiva de objetos inútiles). Para él, el tiempo nunca pasó. Hace poco lo dijo en una reunión de amigos, de pie y a boca de jarro, como a él le gusta: “No tengo todo lo que quisiera, pero aprendí a ser feliz con lo que tengo”. Una verdadera declaración de principios.

Ella se enferma seguido, él sufre los achaques de la edad. Mamá nos tiene a mis hermanas y a mí. Papá, a mí solamente. De papá heredé mis placeres: la pesca, el asado, la ruta. De mamá, el método y el orden, el amor por el hogar como un segundo cuerpo. Es el día de hoy que me sigue pareciendo increíble que dos personas tan distintas entre sí hayan estado juntas en un momento de sus vidas. Ahí estoy yo, como testigo. Lo que sí es cierto es que ninguno de los dos aprendió a confesar qué es lo que les pasa, contar sus propios dolores, pedir ayuda cuando les es necesario. Ni a preguntar al otro (en este caso, su hijo) qué es lo que le pasa, cuáles son sus dolores, ver que también él es incapaz de pedir ayuda cuando la necesita.

Sin quererlo, ellos fueron el motivo de mis quince minutos de fama. La entrada con más comentarios y “me gusta” de mi Facebook tiene que ver con una anécdota sencilla que se dio el año pasado y contiene el poder la síntesis: “Mis padres se separaron cuando yo tenía 9 meses (o sea: en unos días se cumplen 39 años). La semana pasada vino a mi casa mi vieja: se olvidó un taper con yerba. El fin de semana vino mi viejo: se olvidó la azucarera. Nos podríamos juntar a tomar unos mates ...”. Si esto fuera una sitcom, acá irían las risas

Y esa esperanza tuvo su ápice hace unos meses, durante el cumpleaños de mi hijo. Papá llegó tarde y mamá fue a recibirlo, le preguntó si había almorzado. Él le dijo que no. Ella le describió el escueto menú (choripán o hamburguesa) y le preguntó si quería que le hiciera un sándwich. Él quiso, y ella se lo preparó. Hacía 40 años que mamá no le cocinaba a papá.

Cuando los junté a papá y mamá un sábado para contarles de esta nota, después de la charla, papá le pidió a mamá que se sentara frente a él. Primero hizo un silencio, largo. Y después le propuso matrimonio. “Para que al menos te quede la pensión. Sé que me queda poco de vida, es una forma de devolverte todo lo que hiciste por mi hijo”. No sé qué va a contestar, pero creo a que a mamá la puso feliz la propuesta.


martes, 27 de noviembre de 2012

Cuatro caminos


            Completa, la historia no puedo contarla, porque completa no me llegó.
            Sí puedo decir que quien me la refirió fue mi padre, el día en que cumplía setenta y cinco años. (El paréntesis me dejará convenir que es una edad más que apta para andar remontando leyendas lugareñas, y que es en eso quizás donde se justifique lo fragmentario: en el olvido, en las omisiones, y ante lo cual no queda otra que dar con verdades a medias, inauditas).
            Si digo que mi padre tardó treinta y cinco años en presentarme esta historia no es que fallo al creer conocerlo ni que ande malo de oídos. Él, tan afecto a repetir historias, contándolas una y otra vez hasta desgastarlas, hasta quitarles el jugo, su esencia, capaz de guardar los detalles más anodinos de las fechas más vagas, nunca supo cómo acercarme ésta. Y yo, que tantas veces supe escucharlo hasta el hartazgo, hasta la desazón, aquella vez no pude más que rendirme ante los hechos.

            Era uno de esos días de agosto -fresco, soleado, ventoso- donde la primavera se cuela en el invierno no sin un hálito de recelo. El plan, comer un asado a la sombra de un fresno en el pueblo en que vive mi padre. Un pueblo perdido en esa verde profundidad de monte y llanura, de naturaleza erigida a fuerza de garrote y soledad que es la pampa húmeda; un pueblo quedo en el tiempo donde los ruidos, rostros, escenas, son sólo un cúmulos de groseras repeticiones.
            Frente a la casa, las ovejas pastaban en silencio; una yunta de teros -delatores, falsamente entusiastas- asonaba los terrenos de la estación de ferrocarril abandonada. Los plátanos se acunaban ante el viento en un seseo cadencioso.
            Nosotros comimos el asado y bebimos unos vinos y tomamos ese sol de las dos de la tarde que adormece a los hombres y enardece a las iguanas.
            Al bajar el calor, le propuse el obsequio más sincero y sencillo que podía proponerle: salir de paseo por caminos rurales. Me lo agradeció con una sonrisa; supo que era un obsequio largamente pensado.
            Dejamos el pueblo atrás. Pasamos por la puerta de la chacra de Achaga e hicimos la ese, la recta larga; cruzamos el arroyo (mi padre, fiel a sus convicciones, vio correr el agua con melancolía: un problema de caderas le impedía, desde hacía años, practicar su deporte favorito: la contemplación tan propia de quien pesca), costeamos la vía. Me vi doblar una y diez veces, oír “allá es lo Marasovich”, dejar que en mi memoria se repitiese la anécdota de aquel casco de estancia.
            También para mí estaba dado el disfrute de aquel paisaje: los campos amarrillos que empezaban a reverdecer entre los últimos estertores del invierno; los huellones, vestigios de las últimas lluvias; vaquillonas, alambres, pájaros alrededor; lagunas perdidas como ojos tuertos en medio de la nada.
            La marca, la herencia estaba ahí: era parte de ese momento en que uno acaba por no saber si lo que hace lo hace por el otro, porque vive en el otro, o para disimular -reafirmar en silencio, como quien engaña a quien no ignora- que ya está, que ya entró también en uno.
            Fue cuando pasamos el segundo arroyo, un cañaveral, una laguna repleta de garzas y flamencos, y llegamos entre pozos hondos como penas a un camino asfaltado y luego a un cruce, donde mi padre dijo: “Pará acá”.
            Abrió la puerta. Giró en tanto su cadera se lo permitió y bajó lento, contoneándose.
            Fue hacia el camino de tierra y se detuvo a la sombra. El sol se disimulaba detrás de un monte de sauces y eucaliptos. El cruce no era otra cosa que una línea ancha, de tierra, deshecha por las lluvias, que corría de norte a sur, cortada ante la ruta asfaltada en una figura geométrica perfecta.
            Mi padre dejó que la vista se le perdiera en lontananza. Era un hombre solo, en la soledad del campo, mirando un camino igual a cualquier otro, tantas veces atravesado por miles de hombres, apenas transformado por el tiempo.
            -Este cruce era conocido antes como Los Cuatro Caminos. -Las palabras comenzaron a brotarle de la boca como una chorrera, como si las hubiese tenido atascadas durante décadas en la nuez de la garganta. -Allá –señaló un poco a la izquierda-, había un almacén de ramos generales mezcla con pulpería. Se vendían alimentos, se bebía vino, se jugaba a las cartas: mus, codillo, loba. Acá –la mano giró levemente hacia la derecha, cayó a un rincón cubierto de restos de alambrado-, se jugaba a la taba, se mateaba, se bebía vino. Los domingos al mediodía se hacía asado con cuero, y a la tarde, en el camino, se hacían carreras de sortijas. Y también se bebía vino. -Creo que ambos sonreímos-. Había un viejo que venía siempre, un personaje bárbaro, vivía en una carreta. Sinforoso Reyes Basavilbaso, se llamaba. Echado de nombre andaba el viejo. O se lo inventaba, qué sé yo. Tenía un perro cusco que dormía con él en la carreta y lo seguía a todos lados. En la casa de atrás vivía el encargado del almacén con la mujer. - Hizo una pausa, se quedó buscando algo, sumando cosas. -Yo estaba acá, jugando a la sombra. Hacía un calor bárbaro. Ese verano hubo una sequía impresionante, hizo estragos en la zona. Se perdió el maíz, los arroyos eran hilitos de agua.
            No pude dejar de imaginar el calor húmedo, lacerante, el polvo hirviente de una tarde de verano. A mi padre, el chico de ocho años que era mi padre, jugando bajo un sauce, solo, viendo pasar las horas de su niñez: piensa en correr pero no está seguro de tener el permiso para hacerlo, sabe de castigos paternos, de ramazos en las piernas. Ignora lo que vendrá, pero sabe que le está vedado. Mi padre, el chico de ocho años que toda su vida será, entreteniéndose apenas en dibujar círculos infinitos, rectas sinuosas, líneas al azar sobre el polvo.
            -Nunca supe si adentro pasó algo, si hubo algún encontronazo. La cosa es que un tipo que estaba en la pulpería salió caminando para allá –señaló en dirección al sur-, llegó a la casa del encargado, dejó la bolsa con la comida y la damajuana al borde del camino y se subió al alambrado. Me parece verlo clarito, como si hubiera sido ayer, la imagen del tipo trepado al alambre. Parece que lo que quería era espiar hacia adentro de la casa, espiar a la mujer del encargado. Capaz que estaba un poco borracho. Entonces salió el marido de la mujer. En una mano llevaba el mate y en la otra un cuchillo. Pelearon, se revolcaron. Hasta que lo mató. –Volvió a hacer una pausa, a ordenar las partes. -El tipo del almacén quedó tirado en el piso, y ahí nomás se desangró. El otro se puso la bolsa al hombro, agarró la damajuana y siguió camino como si nada. Zavala se llamaba el tipo; el que murió, el esposo de la mujer. El otro creo que era Rosales, o algo así. De la mujer no me acuerdo.
            Ahora todo era tapera. Del monte de sauces y eucaliptos llegaban el susurro de los aleteos: comenzaba a atardecer y los pájaros buscaban guarida.
            -Enseguida se llenó de gente. Viste como es, rodean a los muertos como moscas a la bosta.
            Enfatizando, le pregunté si llegó a enterarse qué había sido del tipo y de la mujer. Dijo que no; que varias veces, durante años, se dedicó a preguntarle a los lugareños, pero nada: las menciones no iban más allá de una viuda, un apellido foráneo, un cuchillo. La confusa conjugación de datos propia del paso de los días y del olvido. Sí se acordaba de que, al poco tiempo, el boliche cambió de dueño; lo compró un tano revirado y se acabaron las tardes de vinos y sortija.
            Como si de repente el tiempo se hubiese resuelto hacia atrás, como si alguien hubiera mezclado las cartas y vuelto a dar, una figura comenzó a emerger desde el fondo del camino. En pocos minutos, a un carro tirado por un caballo viejo, descocido, lo seguía una blanda polvareda y dos perros flacos. El carrero era un hombre mayor, panzón, de tez oscura. Parecía ir medio dormido. Llevaba sombrero de ala, bombachas de gaucho y camisa a cuadro cerrada por un pañuelo al cuello. Avanzaba lento. Al llegar al asfalto, giró en dirección a Chacabuco y se tocó el sombrero en señal de saludo. Mi padre le respondió con el brazo en alto y un tímido “adiós”.
Atrás, abajo, una estela púrpura bordaba el horizonte. Lentamente anochecía. En pocos minutos, el carro, el hombre y sus animales dejaron de ser un punto en la distancia. Calmo, haciendo un esfuerzo para no sufrir los avatares de su cadera rota, mi padre subió al auto. En camino de regreso le pregunté cómo había terminado aquella tarde.
-El abuelo, en aquel entonces, tenía un Ford 38 –retomó. Su voz era ahora una melancolía de pie sobre dolores maltrechos, añejados. -Esa tarde me llamó, me dijo “vamos hijo, que viene la policía”; nos subimos al Ford 38 y nos fuimos. No dijo una palabra en todo el viaje de vuelta. Yo tampoco le pregunté nada. No pude dormir por tres o cuatro noches: cerraba los ojos y se me aparecía la imagen del tipo arriba del alambrado, los dos peleando, uno tirado en el camino, el otro caminando con la damajuana y la bolsa al hombro. Nunca más oí al abuelo hablar del tema, por lo menos conmigo.
En el silencio del campo, el motor del auto era una cuña molesta, un elemento preciso fuera de lugar. Hicimos el mismo camino que mi abuelo y él aquella tarde, sólo que esta vez no en un Ford 38, sólo que 35 años después, siendo otros hombres, dos adultos, ningún niño. Llegamos al pueblo, a casa de mi padre, ya entrada la noche.
El viento había retrocedido y transformaba a los plátanos en un paisaje inmóvil; había refrescado. Los animales de la estación de trenes dormían en los corrales.
Atravesar la puerta de su casa fue para mi padre ponerle un cierre, un broche abierto y final a la historia de los Cuatro Caminos. Propuso vino pero terminamos en unos mates. Una hora después me despedí hasta el siguiente fin de semana.

            A esto lo pienso ahora porque no lo dije entonces; porque lo pensé en el trayecto, cuando volvíamos desde los Cuatro Caminos al pueblo, y lo seguí pensando de regreso, solo, después de dejar a mi padre en su casa.
            En medio de una serie infinita de probabilidades, a través de arbitrarias elucubraciones y devaneos, varias ideas insistieron por sí solas:
            ¿Y si aquella muerte fue algo premeditado?
            ¿Qué tal si ambos -la mujer, Rosales- sabían que el hombre se subiría al alambrado, se asomaría a esa ventana; que Zavala estaría esperándolo detrás de la cortina con el cuchillo, disimulándolo con el mate, para dar vuelta a la cocina, salir por el patio trasero, e ir de matador en vez de encontrarse cara a cara con la muerte? Nada quita que marido y mujer quisieran sacarse de encima a un borracho pendenciero y que las cosas terminaran mal.
            O tal vez la mujer había buscado a Rosales con los ojos en el bar; tal vez el marido dio con esa búsqueda, pudo adivinar que Rosales la pretendía y el deseo de matar fue germinando en él como desquite a tanta mirada lasciva, a tanta hambre de carne caliente.
O mejor: Zavala y ella eran amantes, y si al otro día la policía no había golpeado su puerta, ese hombre reaparecería cuando ya no quedase nadie en el almacén ni en la casa y diría: acá estoy, mujer acá me tenés, todo tuyo y sin nadie en el medio.
            Tal vez ella misma -me quedo para mí con esta verdad- necesitaba al ejecutor de una venganza íntima, muda, e hizo lo necesario para que aquel hombre se asomara a la ventana sabiéndolo más ebrio, mejor cuchillero y peleador que su marido.

            La pregunta -más allá de todas estas vanas elucubraciones- sigue, seguirá siendo por qué a mi padre le llevó tanto tiempo acercarme esa historia. Cómo él, que sufre la insalubre tentación de repetir una y cien veces sus historias, nunca había llegado hasta ésta. Supongo -una vez más- que habrá sido porque aún vive en él ese niño de ocho años a quien le queda muy lejos una infancia y demasiado cerca un miedo. Pero es sólo una suposición.

domingo, 24 de junio de 2012

Falso descenso

1

Volvemos de un fin de semana de amigos en La Pampa. Santiago y Alejandro duermen atrás, noqueados por una larga noche de cena, bares, boliches y casino. Guillermo maneja y yo voy de copiloto. Apenas si estamos a mitad de la mañana. Cebo unos mates, para mantener despierto al conductor, y en el estéreo suena un disco -genial, inigualable- de Leonard Cohen. Ya pasamos Catriló y Pellegrini, estamos a pocos kilómetros de Trenque Lauquen. Guillermo dice:

-¿Dónde almorzamos?

Manejamos dos posibilidades: Pehuajó o Carlos Casares. En Pehuajó no hay ningún parador abierto. Ya es mediodía pasado cuando nos encontramos con el tenedor libre a orillas de la ruta, en la entrada a Casares.

-Vamos, que ya está la comida –grita Guillermo, parando la camioneta, abriendo la puerta, estirando las piernas.

Las caras de Alejandro y Santiago son la de dos fantasmas asustados: ¿qué pasó, dónde estamos, por qué nos detuvimos? Están fulminados, ni siquiera recuerdan que el ser humano debe alimentarse para sobrevivir.

Fumo un cigarrillo mientras ellos entran y eligen la mesa. De cara al viento frío y seco de junio me doy cuenta de que hay algo que me ronda la cabeza; se ocupa de mí, me preocupa, me ataca en silencio, escondido, sin revelarse.

Termino el cigarrillo y entro.

* * *

-Poné el partido –dice Santiago, ya con la panza llena, la campera en la nuca a modo de almohada, segundos antes de volver a caer rendido por nocaut en las fauces del sueño.

-Es cierto, no me acordaba –digo. ¿Digo o pienso? No sé. Para el caso es lo mismo. Siento que miento cuando digo que no lo recordaba.

Le pregunto a Guillermo cómo se pasa de CD a radio: opera él, presiona botones. De repente aparece la voz de un locutor, alterna con el comentario previo del partido, va al móvil en la puerta del estadio, sigue una múltiple cantidad de publicidades. Siempre con el rugido de las hinchadas de fondo, la tensión instalada que viaja en el aire por amplitud modulada. Señales que llegan desde las afueras de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, atraviesan media provincia y caen en nosotros, que ya pasamos 9 de Julio, cambiamos de ruta y estamos un poco más cerca de casa.

* * *

Pavone ya hizo el primer gol; basta otro (sea de rebote, en contra, no importa) para forzar los penales. Los penales, la triste ilusión de vencer el azar. Pero Farré tira por la borda cien años de historia y empata. Ahora hay que hacer dos, pienso, pero no lo digo. No lo puedo decir, no lo puedo creer.

Estamos entrando a la ciudad cuando Tavio hace el penal. Me dejo caer lentamente en una algarabía muda. Pero tampoco me sirve de mucho: tengo una sospecha negativa, casi una epifanía traicionera: erra. Se lo atajan. No lo hace. Suele pasar en la vida: cuando más y mejor tenés que hacerlo, peor te sale.

Tal cual. No lo hace.

-Es mentira –pienso-. Es mentira. No puede ser. Cómo hago para creerlo.

Con ese penal, con un 2 a 1, lo levantábamos. Aunque faltaran pocos minutos. El clamor de la gente, el poco corazón que le queda a esos jugadores, ese viento de proeza que suele soplar como por milagro en el Monumental.

Ahora no. Ya no. Imposible.

-Nos vemos en la B –me dice Alejandro, siempre con cara de dormido, metiendo la cabeza por la ventanilla-. No te olvides que soy hincha de Chacarita.

-Chau –les digo a Guillermo y a Santiago al bajar en casa, mientras arranco mi bolso del piso de la camioneta-. Nos vemos en la semana.

En la semana, o el año que viene.

* * *

Adentro me esperan mi esposa y mi hijo. Ella no llora, pero tampoco puede negarle a las lágrimas que le mojen los ojos. Ladea la cabeza. He visto la incredulidad en ella cientos de veces. Nunca como ese día. Nunca.

2

No recuerdo cuál fue el primer partido que vi en la tele. Quizás ni siquiera fuera uno de River (supongamos: Independiente-Ferro o Vélez-Instituto). Era uno de esos programas de relleno que ponen los canales de deportes a media tarde. Partidazos, Campañas, Clásicos, Expediente Fútbol, ese tipo de cosas. Material de archivo para cuando los picos de audiencia caen. Yo no había ido a laburar y me tumbé en la cama menos por ganas de dormir la siesta que para sobrellevar el sopor posterior al almuerzo.

En otros canales había resúmenes de la fecha de Primera A y de Nacional B, que de pronto, para todos los medios periodísticos, había ganado una notoriedad inusitada. Pero yo no quería mirar Arsenal-Lanús o Ñuls-Estudiantes. No me interesaba. Y el Nacional B tampoco. A quién podía interesarle el presente de Independiente Rivadavia de Mendoza, Patronato de Paraná, Deportivo Merlo o Defensa y Justicia. A mí, por lo menos, no.

Por eso me enganché con ese partido.

Fue aquel histórico empate con Platense 4 a 4. Fecha 38, última del Torneo 1985/86 que River ganó cómodo, por diferencia de 10 puntos, cinco fechas antes del final. Resultado cambiante, vibrante partido con el Millonario ya consagrado y un Calamar que luchaba por mantener la categoría. Hoy aquellos nombres son objetos perdidos en el baúl de la memoria, pero vi, en las imágenes difusas de aquellas vetustas cámaras de televisión de los ’80, que los goles los hicieron Scigliano, Nannini, Gambier y Grimoldi para Platense; y Alonso, Centurión y dos veces Morresi para River. Era cierto: aunque yo no quisiera aceptarlo, el nombre del programa estaba bien puesto: partidazo.

* * *

Mi esposa me preguntó muchas veces qué pensaba del descenso. Nada, le dije, o pensé en decírselo y no sé si le dije. Es que era cierto. Nada. No pensaba nada, ni siquiera podía sentirlo.

* * *

No recuerdo (últimamente me cuesta retener datos que no sean de un pasado lejano) en qué canal lo vi, pero fue un programa dedicado a aquellas épocas gloriosas de los 90: Tricampeonato y Supercopa del 97.

River se quedaba con el Apertura 1997. Primero, a un punto de Boca. El último torneo oficial del Enzo. Y ahí nomás, la Supercopa. La final con el San Pablo de Brasil. El último título internacional. Un partido, como no se cansan de repetir los relatores y comentaristas, no apto para cardíacos.

La fiesta de la gente con la entrada del equipo. El alerta generalizado cuando Roger le atajó el penal a Francescoli. El primero de Salas, medio de rebote después de un centro. El segundo, una clase magistral de fútbol en vivo y en directo (o en una repetición, qué importa): la bajó con la zurda, enganchó, hizo pasar de largo a un defensor brasileño y definió de derecha, con la de palo. Algo poco común de ver. Después, la expulsión de Astrada y la fiesta final.

Burgos, Hernán Díaz, Ayala, Berizzo, Sorín, Placente, Monserrat, Escudero, Astrada, Berti, Solari, Gallardo, Borrelli, Francescoli, Salas, Rambert, Medina Bello. Los años gloriosos de Ramón Díaz como DT. Ya no volveríamos a tener un equipo como ese.

* * *

En mayo del año siguiente hicimos otro viaje de amigos. Fuimos a Junín, los mismos cuatro. La ciudad estaba alterada: Sarmiento había ascendido de la B Metropolitana al Nacional B. Las calles eran una sola cosa verde: banderas, cantitos, bombos, redoblantes, gente y más gente. No hacía una semana, otro equipo de la zona también había subido: Douglas Haig de Pergamino, desde el Argentino A. Dos equipos del interior de la provincia, separados por apenas 100 kilómetros, iban a estar el año siguiente en el mismo torneo. Por fuera de eso, no hablamos de fútbol. Alejandro es hincha de Chacarita, boqueando para no ahogarse en la B Metropolitana; Santiago, de Boca, pero no es de seguir los partidos-, a Guillermo ni siquiera le interesa el fútbol.

* * *

En la tele decían que le había ganado a Chacarita, Independiente Rivadavia de Mendoza y Desamparados de San Juan, pero mi interés no estaba puesto en ahondar en esas lides. Por ejemplo: daban Almirante Brown-Quilmes en la Televisión Pública. ¿Qué le pasa al gobierno?, dije, o pensé en voz alta. ¿Cómo no les alcanza con el Fútbol para Todos inventan estos partidos? Si eso era el fútbol actual, yo pasaba. Me interesaba otra cosa. En las horas de la siesta no leía, no charlaba con mi esposa, no dormía: solamente estaba dispuesto a recorrer la grilla de canales deportivos hasta encontrar uno de estos programas enlatados donde pasaran uno de River. Por ejemplo, uno del Clausura 2004, con el Negro Astrada como Director Técnico, recién retirado como jugador. Astrada, el tipo que más títulos ganó en la historia del club. En ese torneo goleó a Estudiantes, Independiente, Arsenal y Colón, y le ganó a los otros cuatro grandes, incluido el 1 a 0 en la Bombonera con gol de Cavenaghi. Otra vez Cavenaghi.

O del Apertura ’99, donde le volvió a ganar a Boca en el Monumental después de 11 años, con goles del Payasito Aimar y del Ángel colombiano, los dos por arriba del arquero. O mejor todavía: del Clausura ‘94, invicto, a 5 puntos del segundo, con el debut del Tolo Gallego como técnico, el Enzo como goleador y un lapidario 3 a 0 a Boca en la anteúltima fecha.

* * *

Y en la tele todavía se preguntan qué es River. Esto es River. ¿Quién dijo que juega en el Nacional B? ¿A quién se le ocurrió esa mentira, qué canal puede sostener esa ficción? El verdadero River juega hoy (lo vi en un adelanto, el partido empieza a las tres de la tarde) contra Boca. Contra Boca, nada más y nada menos. Clásico de clásicos. Últimamente vi tantos partidos que hasta me animo a pronosticar el resultado: 3 a 3. Parece un delirio, pero es posible.  ¿Por qué no? ¿Por qué siempre hay que pronosticar un 1 a 0 o un 6 a 1? Aunque no jueguen Hernán Díaz ni Gallardo ni Sorín, y aunque ellos tengan al Manteca Martínez y al traidor de Cedrés en la delantera, no se olviden que nosotros tenemos a Villalba, Ayala y Berti. Lo damos vuelta, estoy seguro de que lo damos vuelta. Y hasta me juego que el Tito Bonano ataja un penal. Partidazo.


lunes, 21 de marzo de 2011

El hombre solo y el cuento del agua

Ahí va el hombre con sus tres cabezas. Arrea en cada una un peinado que separa sus cabellos en mitades; debajo de sus inexpresivos ojos marrones aparecen dos lagunas grises, que se difuminan en mejillas que antes fueron rosas y voluminosas, y ahora, entre los gajos de la piel ajada, caben cien pequeños hombres. La boca está siempre húmeda, intentando contrarrestar el efecto deshidratante de los vientos; la barba lleva meses ahí.

Es un hombre en medio del paisaje, de un lugar cualquiera de la llanura que no es igual a otro; un hombre en sí. Tiene tres cabezas y es memoria y condición efímera y proyección. Los hechos se le convierten en simples fichas de un juego vacuo, inanimadamente estable. El sol le da en la cara por completo. El terraplén de tierra todavía húmeda le sirve de apoyo. Ve el arroyo correr en su quietud, colmado de las aguas que bajan de la llanura alta ya que las tormentas de las últimas semanas han sido copiosas y constantes.

Al ver la lluvia en el campo, al hombre le es imposible despegarse de la imagen de la cortina: es un decorado de largos clavos grises u oscuramente blancuzcos, que nacen en el cielo y se detienen en el único lugar posible para él, que es la tierra que pisa el hombre. Y no es la lluvia quien lo trae y retrae una y otra vez: es ese lugar azul que lo rodea; azul y amarronado. Pero la lluvia en el campo no sólo es júbilo, es también un júbilo incierto. No le permite al hombre desplazarse con comodidad, conseguir la presa, expresarse en la caza. Salir, esparcirse. Su barraca se inunda cuando lleve tanto. Tiene que levantar los trastos y acomodarlos sobre una especie de balsa que ha construido con cañas y ramas y algunas gramillas que hacen las veces de alambre. Ese alambre que no tiene porque un viajero se lo ha prometido alguna vez y nunca más se ha llegado por las tierras de nadie. Tiene que atar todos los trastos para que las manos del arroyo no se los lleve en su cortejo al crecer. Porque la barraca es un conjunto de tres paredes que miran hacia el arroyo, y cuando él llegó ya estaban el arroyo y las tres paredes; y tan sólo tuvo que construir el techo de cañas, y respetar la ardiente geografía que llega en declive.

Y no es difícil imaginar la incomodidad y la angustia de dormir en el suelo húmedo, lleno de moho. El cuerpo comienza a expulsar una serie de raros aromas. Se entremezcla con los alientos de la naturaleza y todo se confunde y se empaña. Tristemente, se empaña. Pero luego los días pasan y pasada la inundación, todos los objetos vuelven a su lugar reglado. Aparece el sosiego de la sombra. El río es nuevamente ese gran hilo de agua parda en medio de la llanura verde, sus troncos de ombú y de higuerilla allá arriba, abriendo las plumas de sus raíces en la barranca.

Y como el hombre baqueano que es y que conoce el lugar, ha descubierto cómo cruzar a nado entre las pendientes. Pero su logro más importante ha sido la balsa, que le sirve para navegar, principalmente pasado el otoño y durante todo el invierno hasta las crecidas de noviembre; y todo el verano hasta llegado abril; incluso antes, algunas temporadas.

Carga la balsa sobre sus hombros y recorre entre cunetas y ortigas la distancia que lo separa de su cueva con el Río Grande. Hay que atravesar una serie de bajadas y repechos, luego la cañada, la angostura y, al final, la pampa líquida. El Río Grande. Así es como nombra él el río que lo rodea. Sabe que otros le han dado otras denominaciones, sacadas de anécdotas o de leyendas, de nombres raros o indios o en inglés, y entonces aparecen el agua mansa a la izquierda de la desembocadura, el haz de correntada, la pequeña isla y la consiguiente cascada. El vacío de pensamiento que le provoca como música de fondo el murmullo de esa rompiente lo traslada; colma su espíritu, su mansedumbre. Allí deposita la balsa sobre el agua arremolinada, prepara su morral, y, también con lentitud, se lanza animoso a las aguas. Navegar es uno más de sus ritos. Y es menos una herramienta de la alimentación que una ceremonia o un pasatiempo, que lo atrae a la calma y la claridad del sol reflejándose en las aguas.

La pesca lo atrae, también, claro. Pero la pesca puede ejercerse desde la costa (suelen aparecer dorados, siempre y cuando haya habido una buena crecida ni bien entrado noviembre) y lo que el río da en su centro no da en su margen. El mundo - el mundo que es para él esa pequeña patria - da más al centro que lo que da a los márgenes. Y después del día, con la comida o sin ella (mejor con ella: como todo, como los cardos, el hambre también agobia) vuelve al reparo. Entre las tres paredes de la gruta ha hecho un agujero para poner el farol y las velas. Así que hace luz, se instala, matea; disfruta del humo de la hoguera y los pájaros que entran al atardecer con su plañir somnoliento. Antes, cerca nomás, había fortines con mangrullo. Sin embargo después, al irse la frontera un poco más allá, mucho más hacia los confines de la nada, las construcciones fueron cayendo en el abandono o se la llevaron el indio o las aguas, o los soldados mismos para sus propias casas de tierra adentro.

Cada tanto algún regimiento pasa, o un contingente de particulares, que dejan yerba o algunas ropas, tipos de levita con acento raro que hacen excursiones o compran tierras o andan de pasada, vaya a saberse hacia dónde. El desierto es una larga lombriz solitaria. El último hombre que pasó por ahí se quedó unos días. Anduvo recorriendo suelos, la costa del río, las dos márgenes del arroyo; oliendo, tomando medidas. Dijo que iban a construir un molino. Se fue y ya no volvió. Por ahí también pasaron Yanquetruz y Carreras, llevándose con ellos parte del fuerte y de la vida. María Candelaria, casa con Manuel Antonio, dos hijos nacidos en cautiverio. Mercedes, qué joven era que casi no sabe hablar la lengua de los blancos. Sus padres asesinados en la puerta misma del fuerte. Ignacia, la madre de Tripailao, que abandonó la batalla por honor a la sangre. Todos ellos están allá, entre los toldos de cuero y las hogueras de estiércol, entre la hediondez y la magia, vivos o muertos, quién sabe. Allá, donde de fiebre murió Tadeo Isidoro.

Y a ellos también los persiguen, los persiguen los hombres de casaca azul y bandolera. Que hasta tienen un cinturón para sostener la espada; que usan solapas y botamangas del mismo color.

Cuentan que a algunos indios que agarran como cautivos en las batallas se los llevan a los campamentos, y los atienden como si fueran reyes, y como si después de beber y fumar y comer como marranos les fueran a dar el tratado de paz y todo. Pero nada. No. Eso no. En la comida, en realidad, les han puesto carne envenenada. Y ellos, los indios, después de beber y de fumar y de comer, y de creer en lo que piensan y de pensar en lo que hacen, comienzan a retorcerse. Y aúllan, aúllan como lobos heridos en la grieta de noche; gimen, la boca llena de espuma, las tripas ardiendo en el vértigo. La muerte se pasea delante de sus ojos hasta cansarse de ser testigo y al final se los lleva.

Como a Don Manuel, que se lo han llevado de ahí cerca, de la estancia de su hermano, a la hora en que el día amasa la madrugada, para luego mudarlo lejos y darle muerte.

Dicen que por eso de noche se oyen voces. Por las almas de los indios y los blancos en pena que sus múltiples dioses aun no han arrebatado. Y el hombre solo no distingue si es la lengua de la noche, o palabras que le vienen, que no se demoran, que la luz mala de la tapera (la tapera de la casa que era de los Pacheco) deja pasar. Y ese agua es como la palabra. No es una imagen nueva. Es una idea que ha pensado varias temporadas mientras ve llover, o mientras pesca o matea. Con ella las aguas; las tres cabezas: el modo que tiene de aparecer la espuma desde el poniente; de girar y girar una y otra vez en el remanso del desembocadura; y de lanzarse luego, vertiginosa hacia adelante, tomando la ruta inexorable del arrecife. Esas son sus tres cabezas.

Y el sedimento que alojan las aguas al pasar, la zupia que se abandona como aquello que no puede dejar de suceder; y el hombre solo, que es ese sedimento, es lo que queda. Y lo que ha perdido no sólo en el tiempo o el espacio: su nombre, el tiempo, se han perdido en él; lo han abandonado para poder hacerlo, para darle una forma, para moldearlo, mientras el hombre solo peina su pelo en dos mitades, y una línea delgada, nívea, se abre en medio de la mata negra, parte en dos la cabellera, abandonando a expensas del sol todo aquello que alguna vez pasó en carreta o a caballo por ahí, en el remanso de las horas, al este como toda encarnación.

jueves, 3 de febrero de 2011

Migue

El primero en darse cuenta fue Migue. Migue era el encargado de los mandados, por eso pasaba a cada rato por la pieza del frente. Él veía, de ida y de vuelta, lo que había y lo que no. No eran pocas las veces que nos olvidábamos la puerta abierta; confiábamos en nosotros mismos.

Migue fue uno de los últimos en llegar a la casa. Por eso quizás le hayan tocado, en el reparto de tareas, las actividades fuera del hogar. Nadie, ninguno de nosotros, quería salir en esa época.

A Migue (un apócope sencillo de Miguel que encontramos para hacer las cosas más fáciles cuando eran más difíciles) siempre lo tomamos como a uno más. Pero era él quien debía buscar las llaves en la habitación, volver hasta la cocina y avisar que salía, recorrer el pasillo, no olvidarse del dinero y la lista de las compras.

Migue ocupaba la tercera habitación contando desde la cocina. Hacia acá estábamos Marisa y yo (en verdad, era a la inversa: la habitación del centro para mí, Marisa en la siguiente). Camino de la calle, seguían la de Rael y la de los regalos. Le era útil a Migue estar a mitad de camino de todas las cosas.

Hay que decir, a todo esto, que la casa resultaba generosamente grande para nosotros cuatro. Cada uno tenía un cuarto que daba a un largo pasillo (templado por el sol de la mañana, helado vestigio del afuera desde las tempranas horas del anochecer) que a su vez desembocaba en una cocina con estufa a leña, una alacena para vajilla y comestibles, y la mesa donde desayunábamos, almorzábamos y cenábamos. Las sobremesas solían darse en el patio, si era verano, o en la habitación de Rael, que era la más espaciosa y mejor climatizada, ubicada junto a la habitación de los regalos.

Fue ahí, en el cuarto de Rael, una noche -mientras tomábamos café y fumábamos habanos que unos amigos habían traído desde la isla-, embutidos como estábamos en una discusión sobre las distancias entre los términos autor y creador, y acaso algo ebrios por el whisky de la sobremesa, cuando Migue dijo:

-Me parece que faltan cosas en la pieza del frente.

Lo dijo como desde la nada, como quien rescata una ostra después de nadar miles y miles de mares de silencio. Estaba en su silla de siempre, con su clásica cara de cansado y el vaso casi vacío en la mano. Al principio lo tomamos como una chanza de borracho o de aburrido, no le dimos más importancia de la que parecía tener. Primero no lo entendimos; después le preguntamos.

-Lo que dije. Que me parece que faltan cosas en la pieza de los regalos.

Nos miró uno por uno, le parecía imposible que no pudiéramos entender lo que había dicho con la sencillez con que lo había dicho. Sólo que, de tan sencillo, a nosotros nos parecía imposible entender. Una sombra de temor nos veló las caras.

-A veces, cuando paso, pego una ojeada. Pispeo, a ver si todo está en orden -siguió Migue, mirando el piso-. Y por momentos me parece que las cosas no están donde estaban antes. Que faltan, o que alguien las corrió de lugar. -Y volvió a levantar la vista, a repasarnos uno por uno.

Los cuatro sabíamos que los objetos de la habitación del frente no podían moverse de ahí; alguna vez sostuvimos la posibilidad de trasladarlo todo al depósito que estaba junto al lavadero, entre el patio y la cocina, pero el sólo hecho de pensar que algo pudiera romperse, o perderse dentro mismo de la casa, nos había echado atrás en la intención.

Marisa, que era la única mujer del grupo y que en su sensibilidad femenina asentaba las herramientas adecuadas para enrolarnos detrás de sus palabras, dijo que, según su opinión, había que extremar las medidas de seguridad. Cerrar la puerta con llave; turnarnos para controlar. Si era necesario, ella podría dejar la primera habitación (le habíamos asignado ese cuarto porque era desde el cual más fácilmente se accedía al baño) y mudarse al frente.

Era viernes. Quedamos en resolverlo el lunes siguiente. Habíamos pensado salir al campo el fin de semana, por lo cual, transitoriamente, bastaría con que uno de nosotros se quedara de guardia en la casa sábado y domingo. Lo llevamos a sorteo; le tocó a Rael.

El fin de semana cabalgamos, fuimos de pesca al arroyo, en la zona detrás de la chacra abandonada, e hicimos noche a orillas de la desembocadura. Volvimos el domingo, al atardecer.

-Migue tiene razón -dijo Rael apenas llegamos. Nos ayudó a bajar las cosas de la camioneta y a entrarlas-. Faltan regalos.

Estábamos cansados. Afligidos por la confirmación, quedamos en que lo hablaríamos al día siguiente. Nos dimos una ducha, comimos unos sándwiches rápidos y nos fuimos a la cama.

Esa semana, la encargada de la limpieza era Marisa. Yo cocinaba; Rael pelaba las papas y Migue estaba cosechando en la huerta. Marisa guardó los trastos en el depósito y volvió a la cocina.

-Conté uno por uno -dijo-. Faltan la tostadora, un juego de copas y el portarretratos. Por ahora eso, nada más. Quizás falten otras cosas y no me di cuenta.

Yo hacía meses que no entraba al cuarto de los regalos. Ya casi había olvidado por completo la cantidad de objetos que se apiñaban ahí adentro y no me quedaba otra posibilidad que confiar en la memoria y el trabajo de mis compañeros.

Rael se dio vuelta, se secó las manos en el repasador. Fue hasta el otro extremo de la cocina. Espió hacia la puerta que daba al patio y dijo:

-Migue fue el primero en darse cuenta de esto, ¿no?

Lo dijo como si esas palabras hubiesen estado guardadas en él desde tiempos inmemoriales; como con el eco mismo del tiempo, las dijo.

-¿Desconfiás de él? -replicó Marisa.

Siempre de cara al patio, Rael dijo que o sufríamos un boicot interno (uno de nosotros, desde adentro, estaba traicionando al grupo) o, como Marisa misma había sugerido, alguien, aprovechándose de nuestros descuidos, entraba para llevarse las cosas. De a una, de a pocas, para que nosotros no lo notásemos.

Por un instante sentí que volvíamos atrás, a cuando las cosas eran mucho más difíciles, cuando resolver cada pequeña situación nos costaba el doble o el triple de esfuerzo.

-Lo hablamos en la sobremesa -fue lo único que dije, y seguimos cocinando.

En la sobremesa decidimos que pondríamos una cerradura nueva en la habitación de los regalos; que habría sólo dos copias de la llave (una para quien estuviera de turno en la guardia, la otra se archivaría en el depósito con el resto de los originales).

Esa tarde, mientras Migue hacía los mandados y nosotros mateábamos en la cocina, Rael ahondó en lo suyo y aventuró que, para él, Migue sabía más de lo que decía.

-Vos dormís al lado de los regalos todas las noches. Y nadie te acusa de nada... -replicó Marisa sin mirarlo, untando una tostada. Disimulando apenas su enojo, parecía hablarle a la manteca y no a Rael.

Para sosegar los ánimos dije que no debíamos dejarnos ganar por la desesperación. Era cierto que tendríamos que resolverlo antes de que vinieran a buscarnos, pero para eso había tiempo. Se podía armar todo un plan estratégico de seguridad interna y externa, e, inclusive, hacer un relevamiento de lo que había e iniciar un programa de recuperación de las cosas que faltaban. En todo caso, si no pudiésemos rescatar lo perdido, al menos podríamos prevenir que nada más desapareciera.

El viernes ya las aguas se habían aquietado.

Con Marisa ya no tan a la defensiva, Rael con sus humores templados y Migue siempre comprometido en sus cosas y sin saber que en algún momento alguien había desconfiado de él, decidimos comenzar el fin de semana con un asado en el patio. Yo preparé el fuego, salé la carne y me dediqué a las ensaladas; Migue puso la mesa y Marisa propuso postres de ricota y chocolate. Rael estaba en su habitación, leyendo. Había cortado leña durante tres horas y eso significaba un merecido descanso.

Comimos bien y mucho. Cerca de la medianoche refrescó y pasamos a la habitación de Rael. Quemamos unos puros y trasegamos unas copas de whisky. Rael estaba encantado con un libro de poetas árabes de los cinco primeros siglos de la era cristiana, por lo cual expresó su entusiasmo leyendo varios pasajes realmente iluminadores.

Sería cerca de las dos de la madrugada cuando tocaron el timbre. Se hizo un silencio macizo, tenaz; nos miramos. Hacía rato que no recibíamos visitas, menos aún a esas horas. Sin decirlo, ninguno supo qué hacer.

-Yo voy -dijo Migue.

Él tenía las llaves: al otro día comenzaba su turno en la guardia.