domingo, 24 de junio de 2012

Falso descenso

1

Volvemos de un fin de semana de amigos en La Pampa. Santiago y Alejandro duermen atrás, noqueados por una larga noche de cena, bares, boliches y casino. Guillermo maneja y yo voy de copiloto. Apenas si estamos a mitad de la mañana. Cebo unos mates, para mantener despierto al conductor, y en el estéreo suena un disco -genial, inigualable- de Leonard Cohen. Ya pasamos Catriló y Pellegrini, estamos a pocos kilómetros de Trenque Lauquen. Guillermo dice:

-¿Dónde almorzamos?

Manejamos dos posibilidades: Pehuajó o Carlos Casares. En Pehuajó no hay ningún parador abierto. Ya es mediodía pasado cuando nos encontramos con el tenedor libre a orillas de la ruta, en la entrada a Casares.

-Vamos, que ya está la comida –grita Guillermo, parando la camioneta, abriendo la puerta, estirando las piernas.

Las caras de Alejandro y Santiago son la de dos fantasmas asustados: ¿qué pasó, dónde estamos, por qué nos detuvimos? Están fulminados, ni siquiera recuerdan que el ser humano debe alimentarse para sobrevivir.

Fumo un cigarrillo mientras ellos entran y eligen la mesa. De cara al viento frío y seco de junio me doy cuenta de que hay algo que me ronda la cabeza; se ocupa de mí, me preocupa, me ataca en silencio, escondido, sin revelarse.

Termino el cigarrillo y entro.

* * *

-Poné el partido –dice Santiago, ya con la panza llena, la campera en la nuca a modo de almohada, segundos antes de volver a caer rendido por nocaut en las fauces del sueño.

-Es cierto, no me acordaba –digo. ¿Digo o pienso? No sé. Para el caso es lo mismo. Siento que miento cuando digo que no lo recordaba.

Le pregunto a Guillermo cómo se pasa de CD a radio: opera él, presiona botones. De repente aparece la voz de un locutor, alterna con el comentario previo del partido, va al móvil en la puerta del estadio, sigue una múltiple cantidad de publicidades. Siempre con el rugido de las hinchadas de fondo, la tensión instalada que viaja en el aire por amplitud modulada. Señales que llegan desde las afueras de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, atraviesan media provincia y caen en nosotros, que ya pasamos 9 de Julio, cambiamos de ruta y estamos un poco más cerca de casa.

* * *

Pavone ya hizo el primer gol; basta otro (sea de rebote, en contra, no importa) para forzar los penales. Los penales, la triste ilusión de vencer el azar. Pero Farré tira por la borda cien años de historia y empata. Ahora hay que hacer dos, pienso, pero no lo digo. No lo puedo decir, no lo puedo creer.

Estamos entrando a la ciudad cuando Tavio hace el penal. Me dejo caer lentamente en una algarabía muda. Pero tampoco me sirve de mucho: tengo una sospecha negativa, casi una epifanía traicionera: erra. Se lo atajan. No lo hace. Suele pasar en la vida: cuando más y mejor tenés que hacerlo, peor te sale.

Tal cual. No lo hace.

-Es mentira –pienso-. Es mentira. No puede ser. Cómo hago para creerlo.

Con ese penal, con un 2 a 1, lo levantábamos. Aunque faltaran pocos minutos. El clamor de la gente, el poco corazón que le queda a esos jugadores, ese viento de proeza que suele soplar como por milagro en el Monumental.

Ahora no. Ya no. Imposible.

-Nos vemos en la B –me dice Alejandro, siempre con cara de dormido, metiendo la cabeza por la ventanilla-. No te olvides que soy hincha de Chacarita.

-Chau –les digo a Guillermo y a Santiago al bajar en casa, mientras arranco mi bolso del piso de la camioneta-. Nos vemos en la semana.

En la semana, o el año que viene.

* * *

Adentro me esperan mi esposa y mi hijo. Ella no llora, pero tampoco puede negarle a las lágrimas que le mojen los ojos. Ladea la cabeza. He visto la incredulidad en ella cientos de veces. Nunca como ese día. Nunca.

2

No recuerdo cuál fue el primer partido que vi en la tele. Quizás ni siquiera fuera uno de River (supongamos: Independiente-Ferro o Vélez-Instituto). Era uno de esos programas de relleno que ponen los canales de deportes a media tarde. Partidazos, Campañas, Clásicos, Expediente Fútbol, ese tipo de cosas. Material de archivo para cuando los picos de audiencia caen. Yo no había ido a laburar y me tumbé en la cama menos por ganas de dormir la siesta que para sobrellevar el sopor posterior al almuerzo.

En otros canales había resúmenes de la fecha de Primera A y de Nacional B, que de pronto, para todos los medios periodísticos, había ganado una notoriedad inusitada. Pero yo no quería mirar Arsenal-Lanús o Ñuls-Estudiantes. No me interesaba. Y el Nacional B tampoco. A quién podía interesarle el presente de Independiente Rivadavia de Mendoza, Patronato de Paraná, Deportivo Merlo o Defensa y Justicia. A mí, por lo menos, no.

Por eso me enganché con ese partido.

Fue aquel histórico empate con Platense 4 a 4. Fecha 38, última del Torneo 1985/86 que River ganó cómodo, por diferencia de 10 puntos, cinco fechas antes del final. Resultado cambiante, vibrante partido con el Millonario ya consagrado y un Calamar que luchaba por mantener la categoría. Hoy aquellos nombres son objetos perdidos en el baúl de la memoria, pero vi, en las imágenes difusas de aquellas vetustas cámaras de televisión de los ’80, que los goles los hicieron Scigliano, Nannini, Gambier y Grimoldi para Platense; y Alonso, Centurión y dos veces Morresi para River. Era cierto: aunque yo no quisiera aceptarlo, el nombre del programa estaba bien puesto: partidazo.

* * *

Mi esposa me preguntó muchas veces qué pensaba del descenso. Nada, le dije, o pensé en decírselo y no sé si le dije. Es que era cierto. Nada. No pensaba nada, ni siquiera podía sentirlo.

* * *

No recuerdo (últimamente me cuesta retener datos que no sean de un pasado lejano) en qué canal lo vi, pero fue un programa dedicado a aquellas épocas gloriosas de los 90: Tricampeonato y Supercopa del 97.

River se quedaba con el Apertura 1997. Primero, a un punto de Boca. El último torneo oficial del Enzo. Y ahí nomás, la Supercopa. La final con el San Pablo de Brasil. El último título internacional. Un partido, como no se cansan de repetir los relatores y comentaristas, no apto para cardíacos.

La fiesta de la gente con la entrada del equipo. El alerta generalizado cuando Roger le atajó el penal a Francescoli. El primero de Salas, medio de rebote después de un centro. El segundo, una clase magistral de fútbol en vivo y en directo (o en una repetición, qué importa): la bajó con la zurda, enganchó, hizo pasar de largo a un defensor brasileño y definió de derecha, con la de palo. Algo poco común de ver. Después, la expulsión de Astrada y la fiesta final.

Burgos, Hernán Díaz, Ayala, Berizzo, Sorín, Placente, Monserrat, Escudero, Astrada, Berti, Solari, Gallardo, Borrelli, Francescoli, Salas, Rambert, Medina Bello. Los años gloriosos de Ramón Díaz como DT. Ya no volveríamos a tener un equipo como ese.

* * *

En mayo del año siguiente hicimos otro viaje de amigos. Fuimos a Junín, los mismos cuatro. La ciudad estaba alterada: Sarmiento había ascendido de la B Metropolitana al Nacional B. Las calles eran una sola cosa verde: banderas, cantitos, bombos, redoblantes, gente y más gente. No hacía una semana, otro equipo de la zona también había subido: Douglas Haig de Pergamino, desde el Argentino A. Dos equipos del interior de la provincia, separados por apenas 100 kilómetros, iban a estar el año siguiente en el mismo torneo. Por fuera de eso, no hablamos de fútbol. Alejandro es hincha de Chacarita, boqueando para no ahogarse en la B Metropolitana; Santiago, de Boca, pero no es de seguir los partidos-, a Guillermo ni siquiera le interesa el fútbol.

* * *

En la tele decían que le había ganado a Chacarita, Independiente Rivadavia de Mendoza y Desamparados de San Juan, pero mi interés no estaba puesto en ahondar en esas lides. Por ejemplo: daban Almirante Brown-Quilmes en la Televisión Pública. ¿Qué le pasa al gobierno?, dije, o pensé en voz alta. ¿Cómo no les alcanza con el Fútbol para Todos inventan estos partidos? Si eso era el fútbol actual, yo pasaba. Me interesaba otra cosa. En las horas de la siesta no leía, no charlaba con mi esposa, no dormía: solamente estaba dispuesto a recorrer la grilla de canales deportivos hasta encontrar uno de estos programas enlatados donde pasaran uno de River. Por ejemplo, uno del Clausura 2004, con el Negro Astrada como Director Técnico, recién retirado como jugador. Astrada, el tipo que más títulos ganó en la historia del club. En ese torneo goleó a Estudiantes, Independiente, Arsenal y Colón, y le ganó a los otros cuatro grandes, incluido el 1 a 0 en la Bombonera con gol de Cavenaghi. Otra vez Cavenaghi.

O del Apertura ’99, donde le volvió a ganar a Boca en el Monumental después de 11 años, con goles del Payasito Aimar y del Ángel colombiano, los dos por arriba del arquero. O mejor todavía: del Clausura ‘94, invicto, a 5 puntos del segundo, con el debut del Tolo Gallego como técnico, el Enzo como goleador y un lapidario 3 a 0 a Boca en la anteúltima fecha.

* * *

Y en la tele todavía se preguntan qué es River. Esto es River. ¿Quién dijo que juega en el Nacional B? ¿A quién se le ocurrió esa mentira, qué canal puede sostener esa ficción? El verdadero River juega hoy (lo vi en un adelanto, el partido empieza a las tres de la tarde) contra Boca. Contra Boca, nada más y nada menos. Clásico de clásicos. Últimamente vi tantos partidos que hasta me animo a pronosticar el resultado: 3 a 3. Parece un delirio, pero es posible.  ¿Por qué no? ¿Por qué siempre hay que pronosticar un 1 a 0 o un 6 a 1? Aunque no jueguen Hernán Díaz ni Gallardo ni Sorín, y aunque ellos tengan al Manteca Martínez y al traidor de Cedrés en la delantera, no se olviden que nosotros tenemos a Villalba, Ayala y Berti. Lo damos vuelta, estoy seguro de que lo damos vuelta. Y hasta me juego que el Tito Bonano ataja un penal. Partidazo.


jueves, 3 de febrero de 2011

Migue

El primero en darse cuenta fue Migue. Migue era el encargado de los mandados, por eso pasaba a cada rato por la pieza del frente. Él veía, de ida y de vuelta, lo que había y lo que no. No eran pocas las veces que nos olvidábamos la puerta abierta; confiábamos en nosotros mismos.

Migue fue uno de los últimos en llegar a la casa. Por eso quizás le hayan tocado, en el reparto de tareas, las actividades fuera del hogar. Nadie, ninguno de nosotros, quería salir en esa época.

A Migue (un apócope sencillo de Miguel que encontramos para hacer las cosas más fáciles cuando eran más difíciles) siempre lo tomamos como a uno más. Pero era él quien debía buscar las llaves en la habitación, volver hasta la cocina y avisar que salía, recorrer el pasillo, no olvidarse del dinero y la lista de las compras.

Migue ocupaba la tercera habitación contando desde la cocina. Hacia acá estábamos Marisa y yo (en verdad, era a la inversa: la habitación del centro para mí, Marisa en la siguiente). Camino de la calle, seguían la de Rael y la de los regalos. Le era útil a Migue estar a mitad de camino de todas las cosas.

Hay que decir, a todo esto, que la casa resultaba generosamente grande para nosotros cuatro. Cada uno tenía un cuarto que daba a un largo pasillo (templado por el sol de la mañana, helado vestigio del afuera desde las tempranas horas del anochecer) que a su vez desembocaba en una cocina con estufa a leña, una alacena para vajilla y comestibles, y la mesa donde desayunábamos, almorzábamos y cenábamos. Las sobremesas solían darse en el patio, si era verano, o en la habitación de Rael, que era la más espaciosa y mejor climatizada, ubicada junto a la habitación de los regalos.

Fue ahí, en el cuarto de Rael, una noche -mientras tomábamos café y fumábamos habanos que unos amigos habían traído desde la isla-, embutidos como estábamos en una discusión sobre las distancias entre los términos autor y creador, y acaso algo ebrios por el whisky de la sobremesa, cuando Migue dijo:

-Me parece que faltan cosas en la pieza del frente.

Lo dijo como desde la nada, como quien rescata una ostra después de nadar miles y miles de mares de silencio. Estaba en su silla de siempre, con su clásica cara de cansado y el vaso casi vacío en la mano. Al principio lo tomamos como una chanza de borracho o de aburrido, no le dimos más importancia de la que parecía tener. Primero no lo entendimos; después le preguntamos.

-Lo que dije. Que me parece que faltan cosas en la pieza de los regalos.

Nos miró uno por uno, le parecía imposible que no pudiéramos entender lo que había dicho con la sencillez con que lo había dicho. Sólo que, de tan sencillo, a nosotros nos parecía imposible entender. Una sombra de temor nos veló las caras.

-A veces, cuando paso, pego una ojeada. Pispeo, a ver si todo está en orden -siguió Migue, mirando el piso-. Y por momentos me parece que las cosas no están donde estaban antes. Que faltan, o que alguien las corrió de lugar. -Y volvió a levantar la vista, a repasarnos uno por uno.

Los cuatro sabíamos que los objetos de la habitación del frente no podían moverse de ahí; alguna vez sostuvimos la posibilidad de trasladarlo todo al depósito que estaba junto al lavadero, entre el patio y la cocina, pero el sólo hecho de pensar que algo pudiera romperse, o perderse dentro mismo de la casa, nos había echado atrás en la intención.

Marisa, que era la única mujer del grupo y que en su sensibilidad femenina asentaba las herramientas adecuadas para enrolarnos detrás de sus palabras, dijo que, según su opinión, había que extremar las medidas de seguridad. Cerrar la puerta con llave; turnarnos para controlar. Si era necesario, ella podría dejar la primera habitación (le habíamos asignado ese cuarto porque era desde el cual más fácilmente se accedía al baño) y mudarse al frente.

Era viernes. Quedamos en resolverlo el lunes siguiente. Habíamos pensado salir al campo el fin de semana, por lo cual, transitoriamente, bastaría con que uno de nosotros se quedara de guardia en la casa sábado y domingo. Lo llevamos a sorteo; le tocó a Rael.

El fin de semana cabalgamos, fuimos de pesca al arroyo, en la zona detrás de la chacra abandonada, e hicimos noche a orillas de la desembocadura. Volvimos el domingo, al atardecer.

-Migue tiene razón -dijo Rael apenas llegamos. Nos ayudó a bajar las cosas de la camioneta y a entrarlas-. Faltan regalos.

Estábamos cansados. Afligidos por la confirmación, quedamos en que lo hablaríamos al día siguiente. Nos dimos una ducha, comimos unos sándwiches rápidos y nos fuimos a la cama.

Esa semana, la encargada de la limpieza era Marisa. Yo cocinaba; Rael pelaba las papas y Migue estaba cosechando en la huerta. Marisa guardó los trastos en el depósito y volvió a la cocina.

-Conté uno por uno -dijo-. Faltan la tostadora, un juego de copas y el portarretratos. Por ahora eso, nada más. Quizás falten otras cosas y no me di cuenta.

Yo hacía meses que no entraba al cuarto de los regalos. Ya casi había olvidado por completo la cantidad de objetos que se apiñaban ahí adentro y no me quedaba otra posibilidad que confiar en la memoria y el trabajo de mis compañeros.

Rael se dio vuelta, se secó las manos en el repasador. Fue hasta el otro extremo de la cocina. Espió hacia la puerta que daba al patio y dijo:

-Migue fue el primero en darse cuenta de esto, ¿no?

Lo dijo como si esas palabras hubiesen estado guardadas en él desde tiempos inmemoriales; como con el eco mismo del tiempo, las dijo.

-¿Desconfiás de él? -replicó Marisa.

Siempre de cara al patio, Rael dijo que o sufríamos un boicot interno (uno de nosotros, desde adentro, estaba traicionando al grupo) o, como Marisa misma había sugerido, alguien, aprovechándose de nuestros descuidos, entraba para llevarse las cosas. De a una, de a pocas, para que nosotros no lo notásemos.

Por un instante sentí que volvíamos atrás, a cuando las cosas eran mucho más difíciles, cuando resolver cada pequeña situación nos costaba el doble o el triple de esfuerzo.

-Lo hablamos en la sobremesa -fue lo único que dije, y seguimos cocinando.

En la sobremesa decidimos que pondríamos una cerradura nueva en la habitación de los regalos; que habría sólo dos copias de la llave (una para quien estuviera de turno en la guardia, la otra se archivaría en el depósito con el resto de los originales).

Esa tarde, mientras Migue hacía los mandados y nosotros mateábamos en la cocina, Rael ahondó en lo suyo y aventuró que, para él, Migue sabía más de lo que decía.

-Vos dormís al lado de los regalos todas las noches. Y nadie te acusa de nada... -replicó Marisa sin mirarlo, untando una tostada. Disimulando apenas su enojo, parecía hablarle a la manteca y no a Rael.

Para sosegar los ánimos dije que no debíamos dejarnos ganar por la desesperación. Era cierto que tendríamos que resolverlo antes de que vinieran a buscarnos, pero para eso había tiempo. Se podía armar todo un plan estratégico de seguridad interna y externa, e, inclusive, hacer un relevamiento de lo que había e iniciar un programa de recuperación de las cosas que faltaban. En todo caso, si no pudiésemos rescatar lo perdido, al menos podríamos prevenir que nada más desapareciera.

El viernes ya las aguas se habían aquietado.

Con Marisa ya no tan a la defensiva, Rael con sus humores templados y Migue siempre comprometido en sus cosas y sin saber que en algún momento alguien había desconfiado de él, decidimos comenzar el fin de semana con un asado en el patio. Yo preparé el fuego, salé la carne y me dediqué a las ensaladas; Migue puso la mesa y Marisa propuso postres de ricota y chocolate. Rael estaba en su habitación, leyendo. Había cortado leña durante tres horas y eso significaba un merecido descanso.

Comimos bien y mucho. Cerca de la medianoche refrescó y pasamos a la habitación de Rael. Quemamos unos puros y trasegamos unas copas de whisky. Rael estaba encantado con un libro de poetas árabes de los cinco primeros siglos de la era cristiana, por lo cual expresó su entusiasmo leyendo varios pasajes realmente iluminadores.

Sería cerca de las dos de la madrugada cuando tocaron el timbre. Se hizo un silencio macizo, tenaz; nos miramos. Hacía rato que no recibíamos visitas, menos aún a esas horas. Sin decirlo, ninguno supo qué hacer.

-Yo voy -dijo Migue.

Él tenía las llaves: al otro día comenzaba su turno en la guardia.

miércoles, 16 de junio de 2010

"Caso abierto". Por Sergio Pujol

Los enigmas se resuelven, los misterios no. Los enigmas han alimentado las ficciones policiales desde aquel cuento de Poe, y siguen siendo el desafío de todo investigador público o privado. En cambio, los misterios son verdades de acceso denegado. Religiosos o paganos, los misterios valen por lo que no dicen, por aquello que demoran ad infinitum, en una economía de sentido tan estricta como indefinida. Para decirlo en los términos judiciales: los misterios son casos abiertos, pero con un aura especial.

Algunos enigmas de nuestra historia reciente parecen rozar el dominio del misterio; están encubiertos, un poco más allá de las vías fácticas de acceso o sencillamente enterrados por la desidia o por una sensación de miedo heredada del pasado. Eso nos dice, casi a modo de conclusión de esta estupenda investigación, la única persona que podría aclarar, al menos en parte, el caso de Arroyo Dulce. A ella se acerca Hernán, nuestro Capote bonaerense, para terminar escuchando: “No puedo hablar. Sé que todavía me pueden venir a buscar. Los bichos andan sueltos…”

Llevando la figura del autor ausente hasta un grado casi neutral, Hernán nos brinda en este, su primer libro, la crónica razonada de lo que conmovió la tranquilidad de Arroyo Dulce en julio y diciembre de 1971. ¿Qué tenemos aquí? Dos robos, dos escenas de una obra inconclusa. Varias pistas sueltas y una sospecha política. Un elenco de jóvenes en busca de la Historia y unos pocos testigos. También dos novelas –una de Dal Masetto, la otra de Piglia– que parecen haberse inspirado en Arroyo Dulce, aunque cualquier constatación cronológica lo desmentiría. Finalmente, tenemos un libro que narra los hechos y sus personificaciones con virtuosa precisión, para volver a ese punto de la provincia de Buenos Aires rico en materias primas, escaso en población y pródigo en un enigma de $ 10. 500.000, ó un poco menos.

"Palabras previas". Por Antonio Dal Masetto

Un hecho banal y repetido como un robo a un banco -aún sangriento, o de mucha violencia- suele no ser, en general, noticia. No lo suficiente, al menos, para un libro entero. Menos aún en un pequeño pueblo ubicado en medio de la pampa húmeda, un ámbito despojado y a veces abúlico como es la llanura bonaerense.

Claro que, en literatura, como sabemos, todo depende de cómo se lo cuente.

Lo que refleja el trabajo de investigación detrás de “El caso Arroyo Dulce” es, entonces, una forma de contar algo tan sencillo como un robo a un banco, de modo que sea el espejo de la gran confusión propia de nuestro país.

Hechos al borde de lo inverosímil. Personajes presuntamente sin importancia, anónimos y sin destino, que se vuelven representativos para que la historia cobre vida a través de ellos. Hombres de los cuales se ignora de dónde vienen o hacia dónde van; momentos donde todo se revuelve y enreda: la izquierda y la derecha, Montoneros y la Triple A, el peronismo y la delincuencia.

Quién hizo qué cosa; qué cosa está de qué lado. El doble juego, el desconcierto, la falacia; el cambio de bando: hoy acá, mañana allá; la complejidad siempre agazapada detrás de la simpleza.

Nadie sabe dónde está parado; nadie sabe adónde pertenece. La violencia está a la vuelta de la esquina. La pregunta de quién es ese tipo que está ahí, a veinte metros de nosotros, con el que convivimos indirectamente.

En palabras de Julio Cortázar, la patria parece ser un lugar “donde todo se confunde y nada es menos cierto que su contrario”.

Este libro es eso: la enorme confusión que fue y es este país. Convierte algo anónimo, banal y anodino, en acontecimiento. Y muestra cómo un hecho tan común y repetido como un robo a un banco, que no suele ser, en general, noticia, sin embargo, escarbando un poquito, lo es.

lunes, 23 de noviembre de 2009

Wilbur

La historia podría comenzar con Wilbur corriendo por una calle de Tzvatzlava con una bolsa de heroína en los bolsillos. Hace frío. El cielo está encapotado. Mejor dicho: hace frío y el sol no se ve, entre los ojos agitados de Wilbur que bailotean al ritmo de su marcha por la calle empedrada y el sol que está lejos y claro, allá arriba en el cielo celeste, hay un cúmulo de nubes grises que no dejan que uno se vea con el otro. Están en dos mundos diferentes. El aire es fresco. Pero no fresco de temperatura, sino de pureza: es un aire casi virginal, poco más o menos nuevo.

Adentro, los pulmones de Wilbur se cierran y abren como una caja fuerte llena de bolitas de vidrio. Las miles y miles de millones de células que componen su cuerpo se desmadran y vuelven a amarrarse a cada tranco, en cada posición, estrecha o dilatada, en que se encuentren las extremidades o el torso. No, la cabeza. La cabeza no. La torre calva, orejuda, plomiza, tersa y blanca que nace de sus hombros está viviendo hace siglos en un calambre: es un tierra transmitiendo en sintonía desactualizada.

Wilbur ve el desierto y, más allá, el cuadro de marcos marrones y fondo celeste pendiendo del cielo. Hay una clave en el ojo que late. Una clave que también viene del pasado inflamable. Los colores se corren; hay una interferencia. El desierto regresa.

Y ahora, y de repente, como si hubieran caído simultáneamente todas las persianas, Wilbur deja de ver. Ya no distingue ni la perspectiva de las casas bajas que se angostan ni la cadena montañosa allá en el fondo, acercándose; la calada del valle, su tersura amarronada. No ve los cuadros de cemento bajo sus pies ni el rostro en la ventana; no ve las imágenes moviéndose delante de sus ojos, a menos de un milímetro, escritas en jeroglíficos.

Wilbur no ve nada. Corre. Hay ruidos alrededor. Podrían ser luces con sonido o un buque que brama al partir del puerto o el chicotazo de un elástico que se corta al estirarse. Puede ser cualquier cosa para Wilbur.

En esa especie de tiempo suspendido, ese microsegundo en que Wilbur levanta una pierna para dar un paso, uno más de su carrera que por ahora no tiene ni destino ni fin claros, y mientras la otra pierna espera para pegar la estampida contra el piso chato, que sonará a lo que sonaría una manada de búfalos ardiendo bajo el sol de la sabana, en esa grieta espacio temporal que se estira en forma de curva cerrada, Wilbur siente que se desgrana como una mazorca seca, ennegrece aún más la noche; que de pronto se congela, se somete y cae de boca.



La historia seguiría a la misma hora y bajo un puente, en otro lugar. Ni cerca ni lejos. Solamente otro lugar. Probablemente sea un chico el que está con una caña en la mano. Pongamos un chico de unos catorce años. Está recostado contra la barranca, que baja en lenta pendiente hasta el agua mansa del arroyo. La boya es naranja, la tanza muy fina, casi invisible; la caña, de junco engrasado.

Hace minutos que no se mueve. Ni la boya ni el chico. La una, acariciada apenas por el lánguido vaivén del oleaje; el otro, sumergido de lleno en su descanso.

El pasto verde que ondula en su boca es lo único que demuestra vida en ese metro y medio de carne, cartílago y hueso. Sopla una brisa apenas perceptible. Cantan tres pájaros, puede escucharlo el chico; cantan cuatro, siete, ocho, después; ya no puede escucharlos a todos. Entran voces, salen otras. Son variables de un coro polifónico de aves.

El chico levanta el sombrero y aparecen, entonces, un par de cejas recortadas bajo la sombra de la frente, los ojos verde gema, la nariz semirrecta, los labios carnosos que humedecen la lengua. Contempla la boya mecerse. Después, la panorámica se abre, siempre quieta: el puente de concreto con sus vigas de metal, las líneas del cemento marcando el macizo. La panorámica se abre: más allá del oasis que son el arroyo y los árboles donde narran los pájaros, se abre el valle. Una concavidad abrupta de matices pardos que asemeja las piernas abiertas de una mujer inmaculada.

El chico se detiene en la concavidad abierta. El chico piensa en Ludmila, una y otra vez piensa en Ludmila y, como no le alcanza, piensa en Yael. En Ludmila, primero, envuelta en un vestido suelto a cuadros, con tiradores, con la cintura abierta al aire libre, Ludmila con eso y con sus trenzas de monja descarriada. Ludmila, otra vez, con sus pies de ébano y sus manos de marfil, piensa el chico.

La ve en las calles del pueblo, trepando los muros de los patios a la hora de las iguanas; siendo la sombra de un tragaluz, la progresión borrosa en la mirilla. La ve corriendo calle abajo, también, revolución inconmensurable de las motas de polvo a sus pies; la ve entre zarzas, viboreando furiosa entre las parras de las vides.

Y como no le alcanza, el chico piensa en Yael. Su Caperucita preferida; las piernas descubiertas debajo de la pollera gris pinzada, barriendo con la vista el oasis de los árboles y el arroyo.

Y entonces, el chico perfora los límites de la tela para dejar que todo quede en sus manos, que por primera vez en toda la tarde sus manos abandonen el mango de la caña, y lentamente, como quién se cae sin querer en el sueño, sus manos se dediquen a reconfigurar las imágenes de Ludmila, y las de Jael, y a transformarlas en materia líquida de su propia imaginación.



De buscarle una extensión a la historia, podríamos hablar de Caperucita. En el supuesto caso de que haya que empezar hablando, y en ese caso, que haya que empezar hablando de algo, elijamos a Caperucita.

Caperucita que camina con un séquito de músicos a las espaldas: once harpas, tres violas, un laúd. En su andar hay una entrega que tiene que ver con el ritmo coral de los instrumentos, con la síncopa rítmica y las variaciones. Como amparada por un velo de nube o de niebla, va camino de las sombras observando el agua - los licores, son licores - del cauce del arroyo antes de entregarse a él.

Emerge y flota a centímetros del piso.

Sale Caperucita de la pintura. Entra Wilbur.

Como un signo de la convulsión, como si algo percutiera en su lóbulo frontal, Wilbur se da cuenta de que corre pero no avanza. No ve pero identifica: olores furiosos, aromas lilas. La chica es una proyección, se pierde en el desvarío, en la furia de cuarenta y seis mares que lo azotan y desdoblan. Puede ver el sendero a un lado, en uno de los márgenes (todas las cosas son márgenes) del puente. Puede verlo como a la Manzana Dorada del Paraíso sin Eva ni Víbora. Todo para él. Nada, pero todo para él.

Caperucita ha quedado atrás, a un costado.

Caperucita ve ahora al hombre de tres ojos y cabeza rapada correr y caer por la pendiente. Detrás de él van once carniceros vestidos de azul con alas negras de metal en las manos.

Caperucita oirá los ruidos y el eco de los ruidos, seco, estirado, decisivo.

Y no sabrá nada de quien, allá abajo, piensa en ella y se irá niño; no sabe que venía a verlo. A quedarse con el recuerdo de un líquido al lado de otro líquido. A redimirlo, a saturarlo de luz hasta que se quede ciego.