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jueves, 19 de noviembre de 2009

Estallido de luz

Lo primero que vio fue oscuridad. Con estupor, con extrañeza, comprobó que estaba despojado de ropas. Se puso de pie. Avanzó, los brazos hacia delante, como si fueran aspas quietas, lentos tentáculos. Varios aleteos después no llegó a palpar cosa alguna. Por eso, o porque no lo había, un inédito sentido de la percepción le indicó la sala estaba vacía. Silencio. Oscuridad, nada. Y las paredes (o lo que fuera que delimitara ese lugar) a una distancia que no podía precisar. Quieto, el cuerpo levemente inclinado hacia delante como quien oye signos del futuro, esperó. Esperó. Un lapso impreciso, incontable. De un momento a otro, un ángulo de la sala se ajó en una línea vertical de luz, como si alguien que no estuviera allí se dedicara a trazarla con precisión geométrica. El hombre, despojado de su ropa, aún inmóvil, izó un pie y estuvo a punto de dar un paso. El movimiento fue simultáneo a la apertura de la línea de luz, y eso le bastó a su sentido de la percepción para comunicarle que, en una ráfaga, las paredes desaparecían y con ellas el todo, la oscuridad y su facultad de ver y no ver.

El papel

El hombre, junto a la ventanilla, lee un papel que sostiene con firmeza entre sus dedos. En la incerteza de la relectura está cuando una ráfaga de aire caliente le arrebata de las manos el papel. El hombre, pleno de estupor, alcanza a tener una última imagen: el papel que corre hacia atrás, sostenido en el aire con la liviandad de una pluma. Un segundo hombre aguarda en el paso a nivel que la formación termine de pasar. Las manos empuñando las manijas del carro, la cabeza gacha, entre los rieles ve caer un papel de cara al cielo. Se inclina y lo recoge. En la oscuridad le cuesta descifrar lo que dice; las letras se apelotonan en las líneas; son pocas, inclinadas. Llevan una firma. El hombre empuña nuevamente las manijas del carro y sube el terraplén. Cruza la avenida y, sobre una ventana con rejas, abandona el papel. Dos minutos después, el paso apresurado, un manojo de llaves tintineando en la mano, la mujer llega hasta la puerta de su casa y ve el papel detrás de la reja. Está a punto de hacerlo un bollo, pero se arrepiente. Casi con desgano lo lee mientras abre la puerta y avanza por el corredor. Esas palabras escritas por un desconocido son la señal de algo que debió haber comprendido y hecho hace ya mucho tiempo. En el comedor están su suegro, su esposo, su hijo, sentados a la mesa frente al televisor. -Esto así no puede seguir -dice la mujer-. El abuelo ya no puede vivir con nosotros en casa.

Las lechuzas

Afuera están Gracia y la menor, Dolores.

Entre el cobertizo de chapas y el olor a tierra mojada. No es nada nuevo, como todo lo compuesto por varias magias.

Gracia y la menor, Dolores (faltan Alba, Cándida) alzan las plumas. Una rasca la oreja de la otra. La otra mella sus uñas. Las baña la resolana.

Reparan seguramente en el año en que nacieron. En los ciclos. Las lunas. La lluvia invisible que ven. En el agua anegándolo.

Como si el campo les fuera mar verde y greda, ven venir la yegua en lontananza. El aire se cuece con la humedad. Gracia, Dolores, se asoman por la ventana.

Adentro, las teclas, amagan competir con el repiqueteo en el techo de paja. Una brisa, un susurro de la sudestada.

Arremangados los pantalones y de pronto, todos los animales comienzan a entrar al rancho. Uno a uno pero en manada.

El gato (solo entre tantos) deja la huella en el piso del rancho que rápidamente son borradas por la vertiente. Uno entre tantos de la manada.

Y detrás Gracia y la menor, Dolores, pero no hablan. Lo dicen todo cuanto lo callan; está todo el aura entre sus ojeras y sus párpados. Apenas se oyen el repiqueteo y el trote. Lo saben Gracia, Dolores - y aunque no estén - Alba, Cándida.

Pasan. La máquina para.

Salvación

Putos todos, escupe Pablo. Puto el que vende estampitas. Puto el diputado Pérez Piatti. Puta la vieja ponzoñosa de la despensa. Putos los pelados, puta policía. Puto el paco. Y más puta mi prima, que se fue con Pedro cuando sabía lo emperrado que estaba yo con ella. Le hubiera puesto el paraíso a los pies si me lo pedía. Bien empajado que lo tiene al pendejo ese. Por mí se pueden todos a la puta madre que los re parió. Putos todos, piensa Pablo. Y se pega un tiro.